El toreo es drama, es muerte

Guillermo Salas Alonso / Pedro Díaz G.
El toreo es el trincherazo, el natural, citando de lejos; los lances, los muletazos, los imperiales redondos en una plaza llena; la limpieza del más comprometido par... El toreo es drama.
Y también es muerte.
Son inolvidables las imágenes del torero en manos de las asistencias a la enfermería. Las tendidos vibrando con su colorido, su ambiente, el olor a puro, los pasos dobles en honor al valor desmedido de hombres que se unen a la belleza sin par del toro bravo.
Ellos apenas lo vivieron. Carmelo Pérez y Esteban García Barrera truncaron el camino y su futuro taurino quedó roto abruptamente por la tragedia que ronda los ruedos: las cornadas.
Corría 1929 cuando triunfó esta pareja con signo de infortunio: novilleros sensación que no pudieron vencer a la muerte.
Asusta...
Prometían.
La tauromaquia se había acendrado en México y aunque los incipientes novilleros apenas tuviesen para subsistir, surgían de aquí y allá con ansias de triunfos. Para la campaña novilleríl no fue difícil incluir entonces al niño prodigio Fermín Espinosa Armillita , a Jesús Solórzano, a José González Carnicerito , a Alberto Balderas, a José Negro Muñoz, hermano de Jesús Ciego Muñoz, a David Liceaga y a un chaval de una nítida intuición y depurada técnica llamado Esteban García Barrera. Todos en la búsqueda de fama y gloria.
En "El Toreo" de la Condesa hizo su debut otro aspirante: Carmelo Pérez, quien pronto se convirtió en la revelación. El texcocano se le hizo debutar ante la cátedra como "el torero que asusta".
Pero en su primer novillo anduvo fatal: a la deriva, sin mostrar absolutamente nada, salvo una gran impotencia y desconocimiento en el oficio en su tarea ante los bureles.
Aquel primer novillo que mataba Carmelo ante el público fue un auténtico fracaso.
Lo reflejó el sentir en los tendidos. Y el grito, anónimo, a todo pulmón: "Asustas, ¡pero de feo!..." Ya...
Permanecía en el toril otro novillo, el segundo de su lote, reseñado para correrse en sexto lugar.
Y la decoración fue otra.
Carmelo desplegó entonces todo el valor que emanaba de sus tardes en el rastro, de sus carencias familiares, de su hambre de ser. Carmelo andaba por la plaza y olía a torero: paseíllo, verónica, faena, estocada, consagración.
Carmelo Pérez derrochó talento e hizo retornar al coso a un número considerable de taurinos que lo habían abandonado. Armó alboroto tal que conmocionó a ese público antes escéptico.
Y entonces la historia se revirtió: el gritón era uno, acaso el que más, de quienes lo izaban a hombros, congestionados de profunda emoción...
Un diamante solitario
Carmelo polarizó la atención.
Nadie hablaba de otra cosa que no fuese de él y, de inmediato, la empresa hizo la pareja con Esteban García Barrera. Estilos expuestos. De ortodoxo calificó el grupo de conocedores a Esteban, por su capacidad y poderío con los astados.
Todo mundo contento, se hicieron una serie de festejos en mano a mano donde la empresa ofreció al triunfador un anillo con un diamante solitario.
García Barrera mató un mayor número de enemigos; Pérez frecuentó la enfermería en diversas ocasiones, pero al final el anillo cayó en el dedo de Carmelo.
Esta competencia, en apariencia desigual, provocó un mayor interés. Funcionó la dupla.
Habría que unirnos. Pero cada uno tenía sus propios planes...
La cita de infortunio
La noche del 2 de noviembre de 1929, en la plaza de Morelia, en la tradicional corrida nocturna se anunció a Esteban García Barrera y a otro torero bravo y talentoso, David Liceaga, con encierro del hierro de Queréndaro, fuerte y con cara, con trapío.
Liceaga no llegó a Morelia por una falla mecánica que frenó a toda su cuadrilla. La empresa, entonces, pidió a García Barrera decidir la suspensión del festejo.
¿Cómo? Si el orgullo de los toreros no lo permite. Y entonces planteó la solución: él mataría a los seis novillos.
Pero no cumplió.
"Aleve", el segundo astado de la noche, lo sacó de un burladero, infiriéndole una cornada gravísima. A los cuatro días del percance, murió.
Hubo una consternación lógica en el medio taurino, pues se trataba de un joven con talento, que se volvía víctima, una más, de los cuernos de un toro bravo.
Promesa que se desquebrajaba.
Barbacoa, palmas, duelo...
Diez hijos tuvieron, en Pentecostés, estado de México, doña Asunción Gutiérrez y don Alberto Pérez, quienes se dedicaban al negocio de la barbacoa.
Cuando un accidente automovilístico acabó con la vida de su padre, y Silverio, el quinto de los hijos, contaba con 11 años de edad, su hermano mayor, Armando, se hizo cargo del negocio.
Y fue en un rastro donde Armando enfrentó a sus primeros astados. Ahí conformó un grupo de muchachos entusiasmados por el toreo; practicaba con ellos logrando pases valientes y arriesgados por lo que le llamaban El Loco .
Don Próspero Montes, el propietario de la Plaza Mixcoac, lo invitó a torear, y fue tal su valentía que siguió y siguió; para no ser identificado por su madre cambió su nombre por el de Carmelo Pérez. Y sus hazañas fueron rápidamente difundidas.
Entrecruzamientos
Se engarzan siempre en un punto los episodios.
Al día siguiente de la cornada que daría muerte a Esteban García, en "El Toreo" de la Condesa tomó la alternativa Carmelo Pérez de manos del gitano Joaquín Rodríguez Cagancho quien, por cierto, fue uno de los que más confianza tenía en que el joven nacido en Texcoco alcanzará un sitio relevante. Fungió como testigo el hidalguense Heriberto García.
El toro de la alternativa se llamó "Granado", berrendo del hierro de Piedras Negras, de la divisa rojo y negro. No anduvo bien el torero ante el burel tlaxcalteca grande, fuerte y bravo.
Pero se desquitó el hermano del compadre Silverio, con el sexto, "Madrileño", al que hizo una faena dramática. Ese era Carmelo: desconcertante, situado en los extremos, de esos fenómenos que no se dan de tarde en tarde. De línea heterodoxa.
En su segunda actuación, el 17 de diciembre de 1929, en el cartel figuraban el español Antonio Márquez y el esteta Pepe Ortiz, con una corrida del hierro de San Diego de los Padres.
Para Carmelo el destino le tenía deparado a "Michín".
Toro considerado, según trasciende en la leyenda, como uno de los mas fieros y codiciosos que se hayan lidiado en plazas mexicanas.
Mucho que contar del encuentro fatal: Carmelo fue fácil presa del toro. En cuanto sintió que lo tenía, ya con el joven en el suelo, con rabia le tiró varios derrotes, y lo despedazó.
Cinco cornadas, dos de ellas de las que ponen en peligro la vida. La primera en el muslo izquierdo, que terminó desgarrado. La otra, penetrante de tórax, con lesión severa en la pleura.
Sus alternantes y subalternos no podían quitárselo y el de San Diego de los Padres no lo soltaba, por el contrario, le infería más daño.
Inclusive, afirmó Antonio Márquez, el burel se ensañó con el torero y cuando, imagen inolvidable, las asistencias lo llevaban a la enfermería, el ejemplar, por arriba de la barrera, seguía, bufando, los pasos de la pequeña caravana.
La cita, en España
Parecía haber muerto Carmelo Pérez.
Pero no.
Y aunque su convalecencia fue lenta, la cita final estaba marcada para Madrid, la capital de España.
Lucía restablecido, sin embargo sus dañados pulmones le impedían adquirir fortaleza. Allá sólo actuó en una corrida, postinera, el Jueves de Corpus, en Toledo, alternando con Manuel Jiménez "Chicuelo" y con Domingo Ortega, figurones hispanos.
Sin alcanzar el triunfo, las crónicas mencionaban la personalidad del mexicano, un estilo propio que atraía y reunía peso. En una revista se escribió: "Por algún oscuro camino le llegaban a este indio predestinado voces de la mística española".
Carmelo Pérez no volvió a vestirse de luces en los ruedos de la península.
Sus fuerzas se minaron.
Y el 18 de octubre de 1931 dejó de existir, de una neumonía. El mal no lo fulminó. Su deceso se debió a las cornadas del bravísimo "Michín".
Escribió de este capítulo el maestro Pepe Alameda: "Si ya hemos dicho dicho que José Gómez Gallito (Joselito) no debería morir; que "El Espartero" (al que comparaba con el mexicano) tenía que morir, déjenme decirles ahora que Carmelo Pérez quería morir".
Silverio quedó profundamente marcado. Y a los 16 años de edad decidió su futuro: sería torero.
Aprendió entonces que el toreo es el trincherazo, el natural; los lances, los muletazos, la limpieza del más comprometido par... El toreo es arte, es drama y también es muerte.
Mayo, 2004

0 Comments:
Post a Comment
<< Home