Tuesday, June 13, 2006

La muerte en la mano izquierda


Guillermo Salas Alonso / Pedro Díaz G.

El cielo fue generoso con ellos.

Jorge El Ranchero Aguilar se convirtió en el mayor torero tlaxcalteca y su nombre lo porta ahora una bella plaza de toros; en 1955 fue parte del elenco que acompañó a Maureen O`Hara y a Anthony Queen en la película The Magnificent Matador , del director Bud Boeticher; Francisco Curro Rivera rebasó las mil corridas, hizo el paseíllo en la Monumental Plaza México 70 veces, cosechó 40 orejas, 6 rabos y dos estoques de oro.

El cielo se los dio todo.

Pero también los llamó cuando toreaban por naturales, pase fundamental, el clásico en el arte de la lidia.

Uno inventó el triple muletazo; el otro fue el creador del pase el cuirret.

¿O acaso morir toreando no es el final anhelado, el de los predestinados?

La partida, en ambos casos, no se suscitó en una plaza de toros.

No ante un público enardecido.

Se fueron inmersos en el silencio renovador, en la comunión consigo mismos.

Fue la semisoledad de una plaza de tienta la que les dio el adiós.

Y fueron los ojos de connotados eruditos, ganaderos, caporales y amigos, quienes les vieron irse.

Tampoco estaban enfundados en un terno de luces, ni su enemigo fue un cuatreño o cinqueño con media tonelada de peso... No se escuchó el rugir del incesante olé en los tendidos.

El torero sale a la plaza sabiendo y aceptando que esa tarde puede morir.

No, no.

Ellos, quienes asumiendo la muerte cada tarde se liberaban de ella quedando totalmente libres para crear, ellos, figuras consagradas, se daban gusto probando la bravura de unas posibles madres en sus hatos ganaderos.

Quienes les dieron muerte fueron unas becerras.

En el ambiente taurino existe la sensación de que El Ranchero y Curro , fueron unos predestinados y que ese destino, acaso terriblemente cruel por naturaleza, en estas dos ocasiones, sin embargo, fue generoso.

Porque el cielo los llamó haciendo lo que más querían: torear en plenitud de facultades.



La belleza de la muerte

Llama a diversas sensaciones: morir toreando...

"¡Qué hermoso! decía Juan Silveti, amigo íntimo de Jorge, morir con el engaño en la mano izquierda, templando el natural; y, sin soltar la muleta, concluir... llegar al final".

Parece irreverencia; sin embargo, es la filosofía, la liturgia en esta cultura de la fiesta de los toros, ritual donde los hombres juegan con la muerte y ella se divierte con ellos.

Dos casos similares, el de Jorge y el de Francisco, que lucen como únicos en los anales de la fiesta universal.

Y las historias se enlazan.

En 1975, en España, en la ganadería de Amalia Pérez Tabernero, el 4 de octubre una vaquilla lesionó y causó la muerte a un maestro: Antonio Bienvenida.

Este torero, nacido en Caracas y madrileño por sus vínculos de familia, fue el padrino de la confirmación de Curro Rivera en la Monumental de Las Ventas de la capital española, la tarde del 18 de mayo de 1971, siendo el testigo Andrés Vázquez, con toros de Samuel Flores.

Tentó esa vaquilla Antonio. Segundos después se abrió la puerta para regresarla a los potreros, pero la becerra se quedó encelada y sin partir al campo. Y al ir por la siguiente vaquilla probada, justo al hacerse la luz sobre el portón, la misma primera becerra retornó al ruedo y encontró a Bienvenida de espadas.

No la vio llegar, el torero.

Lo cogió de lleno causándole serias lesiones en las vértebras y provocando su deceso tres días después, en la Clínica La Paz, de Madrid.

En la fiesta, el peligro jamás desaparece.

Esa es la verdad del espectáculo. Cómo ponerse de acuerdo con el animal, del tamaño y edad que sea. En este caso, la becerra de Amalia Pérez Tabernero le privó de la vida. No falleció toreándola, aunque antes del percance lo había hecho.

Las coincidencias: Bienvenida fue padrino de confimación de Rivera. Los primeros pases a un burel bravo que dio Curro , cuando niño, los dio en la ganadería de La Laguna y en brazos de El Ranchero , quien lo acercó peligrosamente a las vaquillas.



La tienta de Coaxamalucan

Jorge El Ranchero Aguilar era todo un símbolo en las ganaderías de Tlaxcala. En todas estaba presente: tentador de lo mejor.

En esos tentaderos y en esas tientas se hizo torero. Ahí se moldeó, se consolidó para dar vida a obras de arte como las que realizó a "Montero" de San Mateo, a "Bogoteño" de La Laguna, a "Joronguito" de San Miguel de Mimiahuapam, sin descartar la de "Sol" de Santo Domingo.

Jorge vivía las postrimerías de su carrera. Unos meses antes sufrió un infarto sin consecuencias. El Ranchero comentó: "Eso dicen los doctores, y les creó... Yo no siento nada, ningún dolor, ningún malestar".

Su sino apuntaba a la mañana del 27 de enero de 1981.

Tienta en Coaxamalucan.

Jorge llegó tarde a la cita. De inmediato se vistió y se dirigió al ganadero: "Estoy listo, amo Felipe".

Saltó la becerra, brava, con buen estilo. Jorge la recibió con ese su trazo recio, campirano y de un sentimiento a la mexicana. La toreó sintiendo. Dejaba escapar la imaginación.

Fue en la última tanda de naturales: uno, dos... inmensos; pero al tercero se desvaneció y cayó al suelo. Y todos al quite, entre otros, el matador español Lázaro Carmona. Se retiró a la vaquilla e izaron en brazos el cuerpo inerte del torero, quien no soltaba la muleta, quien la apretaba en la mano izquierda, ¡la de los grandes! Un infarto como toro bravío, certero, fulminante.

Quedará su arte. Y su recuerdo: a unas calles del Palacio de Cultura, frente al atrio del convento de La Asunción, en Tlaxcala, está la Plaza de Toros Jorge Ranchero Aguilar . Bella. Construida a las faldas de un antiguo convento del Siglo XVI, su campanario se eleva sobre los tendidos y ofrece un inmejorable panorama pictórico. Durante las corridas el tañido de las campanas se confunde a veces con las notas de cornetas que ordenan el cambio de tercio. A los contornos de la plaza se suma el colorido adoquín de calles ancestrales con portales, arcadas y edificios centenarios.



El destino de ‘Curro’

Tuvo facetas inolvidables Francisco Curro Rivera.

Aquel niño que sintió el bufido de una vaquilla por vez primera en brazos de El Ranchero Aguilar hizo un debut impresionante como novillero, y se colocó rápidamente en un sitio de preferencia tras torear a Soy de Seda , de Piedras Negras , con el que ganó un trofeo de la Oreja de Oro, y esas faenas a Miguelito de Reyes Huerta , o aquellas de Melodía y Sardinero de Soltepec . No se queda atrás Regalito de San Mateo . Y cómo olvidar la de Cielito Lindo de Mariano Ramírez. Con indultos en la plaza México de Payaso de Torrecilla y Saltillero de Campo Alegre . Lista interminable.

Tuvo triunfos en España, como ese de Madrid con los de Atanasio Fernández: cuatro orejas, dos a cada toro. O la tarde en que llegó a mil corridas, el 25 de abril de 1982, en Aguascalientes, donde en una jornada mató a 14 toros. Siete de su ganadería por la tarde y siete de diversos hierros por la noche. Cortó 10 orejas y dos rabos. Tampoco debe olvidarse que fue el primer torero mexicano que sumó mil 500 corridas.

Curro se despidió joven como torero. Subió unos kilos. Cuidaba de su ganadería, enclavada en Ojo Ciego, Guanajuato. Decidió, como muchos otros toreros, volver a vestir el terno de luces. Lo hizo con suerte y la gente, por última vez, lo vio en la México el 30 de noviembre del 2000, en el festival del Teletón, del que fue el triunfador. Lució arrebatador, alegre, como era su corte, y, además con sensibilidad, largueza y templanza. Pero...

El 23 de enero de 2001 estaba marcado en su muy personal y secreto calendario. Fue a realizar una jornada de tienta de vaquillas en la ganadería de La Alianza , vacada que fundó su padre, el maestro Fermín Rivera, y que cuidaba su madre, Ángeles Agüero viuda de Rivera.

Toreando a una vaquilla, con la mano izquierda, se desplomó. Le hicieron el quite, se retiró a la becerra, se prestó atención médica al matador...

No. No superó un infarto, tan certero que le arrebató la vida en un instante.

Su padre, el maestro Fermín Rivera, en plena actividad, padeció un infarto en el ruedo de Monterrey. Se repuso, y vivió muchos años. Retornó a los ruedos y su despedida fue clamorosa. Su corazón en diversas ocasiones tres, cuando menos mandó avisos antes del que le cortó la existencia...

Se han colocado y se colocarán placas perpetuando sus memorias. Quedará el recuerdo de los grandes triunfos, las lidias, las tardes y las noches; orejas, rabos, hazañas.

Erigirán estatuas. Escribirán historias.

Justo homenaje a las figuras toreras.


Mayo, 2004

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