Wednesday, June 14, 2006

Abuelo de la torería mexicana




Ponciano Díaz una tarde se apareció en el mundo de los toros; aquí y en España. Sorprendió

Guillermo Salas Alonso / Pedro Díaz G.

Una tarde, a finales del siglo XIX, se apareció por la fiesta brava española un personaje extravagante.
De poca estatura, lucía descomunales bigotes negros y vestía de charro. Cierto: realizaba las suertes charras y banderilleaba a dos manos a caballo, en el llamado arte de Marialba, o del rejoneo. Pero lo sorprendente era que el atrevido personaje llevaba el propósito fundamental de ser torero. Ahí mismo, en tierras españolas.
Pareció una herejía, pero llegó y su nombre fue Ponciano Díaz Salinas.
Lo primero que provocó fue curiosidad, por su aspecto y su técnica tan personal que, desde luego, no se ajustaba a las normas clásicas de los toreros de entonces y, al menos en esa época eran exclusividad de la torería española.
¿Quién, en España, podía concebir que en otros lares, aún en la Nueva España, existiese un valiente que podría ejercer la profesión también llamada el "arte de Cúchares"?

Un poco de historia

Cuenta el maestro Pepe Alameda en su libro La pantorrilla de doña Florinda y el origen bélico del toreo, que en la época de la conquista árabe, el caballo y el toro bravo fueron herramientas de entrenamiento para la guerra. Los moros fueron detenidos, pero no vencidos; sin embargo, no avanzaron hacia el norte, lo que ocasionó que, al no dominar el Mediterráneo, se quedaran en España.
A Francia, Italia, Grecia y en general la Europa de la zona mediterránea, con el mismo clima, no les interesó el toro bravo, sino la agricultura.
A España sí pues siguieron siendo herramientas para sus guerreros. El toro se extinguió en esas naciones, pero en España se quedó, se conservó y se multiplicó, lo que convirtió a la península en la cuna del toreo.
Añade el maestro Alameda:
"Ese toro zancudo, corniveleto, de rectilínea estructura y pelo hirsuto, de repente aparece un bovino redondeado de líneas, recogido de cuerna, pelo fino y lustroso, corto y poderoso de jarretas".

En la hacienda de Atenco

El 19 de noviembre de 1858 nació Ponciano Díaz en la hacienda de Atenco, el rebaño ganadero más antiguo del mundo, pues la historia advierte que a este hato de reses bravas lo fundó un primo hermano del conquistador Hernán Cortés, el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano.
El padre de Ponciano, Guadalupe Díaz González, a quien sólo sus íntimos amigos conocían como "El Caudillo", trabajaba en Atenco, así que el pequeño se fue familiarizando con el ganado de casta.
Además, a don Guadalupe le gustaba de torear astados y vacas con el niño en brazos, ante el sufrimiento de su madre, doña María de Jesús Salinas de Díaz.
Don Guadalupe solia decir: "Todavía no ha nacido el toro que acabe con uno de mi raza".
Ponciano tuvo la suerte de que el matador de toros español Bernardo Gaviño, amigo íntimo del dueño de Atenco, le tomase cariño al observar su valor. Muy joven formó parte de su cuadrilla, como banderillero. Aprendió del maestro y, además, siendo charro también le hacía monerías a los toros a caballo.
Se lanzó a la aventura. Quiso serlo y lo consiguió: fue torero. El primero importante de México; el abuelo de la torería tricolor.
A los 19 años de edad, el primero de enero de 1877, mató a su primer novillo, con un éxito incuestionable, ante sus cualidades y valor ante las reses.
Al año siguiente, en 1878, empezó a torear con Lino Zamora, torero mexicano de poco renombre. Lo hizo por un lapso corto, pues Gaviño lo llamó a su cuadrilla.
Ahí le enseñó la técnica. Lo fue llevando, de a poco: en cada lance un secreto; a cada movimiento el descubrimiento del arte, la pasión, para después dejarlo solo. Que trabaje por su cuenta...
Y así, se presentó el 3 de abril de 1879, en Puebla, como capitán de gladiadores. Y como además ejecutaba las suertes charras y banderilleaba a dos manos a caballo con brillantez, fue precisamente realizando suertes con el córcel, en mayo de 1883, cuando lo tiraron de su jaca al clavar un par de banderillas, y recibió una cornada.
Ponciano figuraba en los festejos de máxima categoría en el país. Aunque, siendo presidente, Benito Juárez ordenó un decreto prohibiendo la celebración de corridas de toros en el Distrito Federal. Así, hasta 1887 volvió la actividad y se levantó la plaza San Rafael, que inauguró Ponciano el 20 de febrero. Las reseñas afirman que manejaba el estoque en forma brillante, aunque se sabía que era "el rey del bajonazo y metisacas". Y hubo una controversia enconada, pues por ese entonces llegó a México el diestro Luis Mazzantini. Un clásico y puro estoqueador.
Se eslabonan los éxitos y fue el diestro selecionado para inaugurar, el 15 de enero de 1888, la plaza "El Paseo de Bucareli", obra realizada de su peculio. Su afición era tal, que en el libro que escribió don Manuel Horta, cita: "Silueta de un torero de ayer", abundando que "horas antes de que se abrieran las puertas del coso se brindaba con los `curados´ tricolores en los vidrios corrientes soplados de Texcoco. Y no faltaba en el tendido el famoso general Sóstenes Rocha, duelista, enamorado y decidor, personaje de mil anécdotas".
Precisamente la reseña de esa corrida, publicada en el periódico "Siglo XIX", vale la pena conocer, pues cualquier similitud con las actuales, es mera coincidencia:
Al toque de clarín, salió el primer toro, enchilado y palangano, recibiendo tres buenas varas, y Ramón, mediante una salida, le dejó dos pares y Calderón, otros dos al cuarteo. Ponciano, previo aviso de la Autoridad, se dirigió al palco donde estaba su madre y brindó así: “Por mi patria y por tí, madre mía...” La Providencia ha querido que preste a tu vejez el humilde fruto de mi trabajo. Y se fue directamente al toro. Y le dio cuatro naturales, tres cambiados, cuatro en redondo y dos a su modo; levantando la espada, apuntó con suma atención sobre la cruz del lomo, y se fue acercando poco a poco en línea recta y pasito a pasito al toro, a la vez que hizo ligeros movimientos con la capa-muleta, para llamarlo. Llegando a cierta distancia se paró y quedó inmóvil, siempre con la punta de la espada dirigida al lugar expresado. Por fin, el toro se arranca con suma velocidad y el torero, haciendo un ligero movimiento con el engaño, le clava al toro en el expresado centro del morrillo, toda la espada que según los taurófilos es donde debe entrar y quedar colocada. A esto le llaman suerte de ‘matar recibiendo’. Después cogió otra espada y haciendo con un movimiento de muleta que el toro inclinara la cabeza, le apuntó con gran tino y de un golpe violento le clavó la punta de aquella en el testuz. El toro cayó como herido por Júpiter y dicen que a eso le llaman “descabello”. El redondel nuevamente se llenó de ramilletes, sombreros y se tocaron dianas por las tres bandas de música que habían en la plaza. En el intermedio del segundo y tercer toro, Ponciano lazó pie a tierra un caballo bruto, oyendo también muchísimas palmas y música. El sexto toro de color amarillo y cara prieta, recibió seis varas. Ponciano vestido de charro, montando un hermosísimo alazán tostado, dio tres salidas en falso con mucha guapesa, manejando magistralmente su cuaco, y puso dos pares y medio de banderillas, bonísimos aquellos, regular el último. Bajó del caballo entre nutridos aplausos, y brindó en los medios del ruedo, al sol y la sombra. Dio al toro tres naturales, uno en redondo y lo descabelló con un metisaca perfecto.

Su alternativa en España

Los planes apuntaban entonces hacia el otro lado del Atlántico: España. Antes de salir a la Madre Patria, el general Miguel Negrete, apunta don Manuel Horta, le regalo un fino caballo, igualmente don José González Pavón, el ganadero de Tepeyahualco, quien le obsequió un joven y lustroso alazán para que recortara su silueta juguetona en las plazas de la Villa del Oso y del Madroño.
Y aunque al verlo no daban mucho por el torero "americano", como le decían, hizo una campaña interesante; sin embargo, después de verlo actuar empezaban a verle cualidades. Le admiraban sus pares de banderillas a dos manos a caballo; enormes. Antes de salir a la península el propio Ponciano señaló: "Voy a España para aprender las suertes del toreo y para presentar las suertes mexicanas de banderillear a caballo y charrear".
Junto con Ponciano en la cuadrilla, de peón de brega iba Ramón López, quien le tenía una fe ciega. Se presentó en Madrid el 28 de julio de 1889, con un éxito y se logró signar la alternativa para ese 17 de octubre. El padrino: Salvador Sánchez "Frascuelo", y como testigo el primer mandón del toreo, Rafael Guerra "Guerrita", con un encierro del Duque de Veragua.
Cuando llegaron a la plaza, al hacerse las presentaciones, Ramón López, quien quedó un poco atrás, junto con "Frascuelo", quería conocer la opinión que había sobre el torero mexicano.
Salvador Sánchez, el padrino del doctorado, ráudo le largó su opinión: "Vamos, Ramón; que nadie más que tú pudo darme coba para que yo le diera la alternativa a ese espantajo.... ¡Con razón ganaíz tanto dinero en América, alternando con esos mamarrachos....! ¡Sóis lo mismo que ellos!".
"Bueno, bueno --respondió Ramón López--; vamos a torear....Y en un descuido, ¡quien sabe si este mamarracho le gane a usted la pelea!".
Un berrendo en colorado del Duque de Veragua, bravo, encastado y noble tocó al mexicano. Y al término de su labor, Ponciano con cortesía dijo al padrino:
"Señor Frascuelo, sáquelo de su querencia"
El as hispano respondió: "Señor Ponciano, el toro quiere morir ahí, y en ese sitio se le mata".
Antes de que concluyera la frase del señor Frascuelo, el torero mexicano partió en dos al toro, con un volapié clásico. Una estocada que retumbó en el coso, que aplaudía con fervor. Aprovechó el momento Ramón López para insistirle a Frascuelo: "¿Qué le ha parecido a usted maestro?".
El as español respondió: "Se ve claramente que en su vida ha visto torear, y es una lástima, porque es valiente y de los buenos. Merece la alternativa y te felicitó por tus gestiones".

Entra a la leyenda

Tintes de fantasía en esta historia del primer torero extranjero que obtenía la alternativa, el título de matador de toros, en España. Fue una ceremonia entre protagonistas de máximo rango y en la primera plaza de España.
Llegó Ponciano Díaz. El abuelo de la torería mexicana. Posteriormente llegarían los maestros Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa Armillita y Lorenzo Garza.
Murió joven Ponciano Díaz, a los 41 años de edad, en plena madurez.
Una cruel enfermedad hepática lo martirizó varios meses. El mal minó considerablemente sus energías a velocidad vertiginosa y en la madrugada del 15 de abril de 1899, se fue, dejando su abolengo.
Por ahí crecía y se cantaba este estribillo popular que iba de boca en boca:
Ya no quiero a Mazzantini/ ni tampoco a Cuatro Dedos/ al que quiero es a Ponciano/ que es el rey de los toreros.

Marzo, 2004

San Mateo: ganadería madre



Guillermo Salas Alonso / Pedro Díaz G.

La sangre bendita de algún lugar debe haber llegado. Segunda potencia, en México la crianza de toros de lidia ha tenido una evolución magistral y se sitúa en un lugar preferente dentro del espectáculo taurino en el mundo entero. Pero , ¿cómo inició este éxodo de sangre que embelesa las plazas de toros en la actualidad?

Echemos un vistazo a la historia. En la Gaceta de la ciudad de México se afirma que desde la conquista española (1524), don Juan Gutiérrez Altamirano, primo de Hernán Cortés, fundó la ganadería de Atenco, en el estado de México.

Él trajo a estas tierras un encaste de reses bravas desconocido, de la región de Navarra, con la única intención de celebrar las grandes fiestas de los Virreyes que gobernaban la Nueva España.



Que no les venciera la nostalgia.



Al correr de los años, la tradición por el espectáculo taurino, la magia de esas tardes, y el histórico derroche de arte y pinturería, fue echando profundas raíces en la gente, lo mismo de la alta sociedad, que en el pueblo mismo.

Fue a fines del siglo XIX cuando se tuvo conciencia de la crianza de reses bravas.

Se tiene la plena seguridad de que el toro de lidia así como todas las razas de bovinos que conocemos proceden del uro primitivo, aunque continúan vigentes las discrepancias sobre si únicamente existió uno o varios tipos de uros.



Atenco, la primera

Los apuntes llevan hasta aquí: Atenco, que posteriormente la casa ganadera de los Barbabosa, empezó adquirir fama y fue la primera ganadería mexicana en importar pie de simiente de España.

Llegaron vacas y sementales de las corridas españolas que se traían para ser lidiadas; y muchos astados padrearon en México, eso fue paulatina, pero certeramente afinando al toro.

Sería una larga lista la de nombres de vacas y sementales que se importaron, o las características de cada dehesa, pero a fines del siglo XIX y principios del XX, llegó a México simiente de Anastacio Martín.

Después se consiguieron sangre de Miura, Concha y Sierra, Pablo Menumea, Duque de Veragua, Pérez de la Concha, Eduardo Ibarra, Zalduendo, Otaolaurruchi y Felipe de Pablo Romero.

Asimismo llegó ascendencia de Murube, Valentín Collantes, Gamero Cívico, Pérez Tabernero de Graciliano y Antonio, Campos Varela, Villamartha, Coquilla, Carmen de Federico, Domingo Ortega, Luis Vallejo Alba y Conde de la Corte.

En esta feria de nombres se deberá incluir sangre de ascendencia portuguesa del hierro de Palha.

Dehesas de un prestigio fuera de cuestionamientos, hatos de prosapia que siguen conservando su jerarquía y calidad.



San Mateo y sus hijas

De esta lista, de los diversos encastes, predominan tres sangres: Saltillo, Parladé y Murube. A través de San Mateo y el ramal de dehesas hijas suyas, predomina lo que es la ganadería de reses bravas en México.

A principio del siglo XX la ganadería mexicana tomó enorme auge, pese a la situación política del país, el sistema, y que los ganaderos pasaban suplicios por la poca garantía que tienen en sus hatos.

Era tal el amor y el fanatismo que don Antonio Llaguno González durante la revolución tuvo en la recámara de su casa en Polanco varias vaquillas del pie de simiente que adquirió en España.

Ricardo Torres Bombita , conectó a don Antonio con el marqués de Saltillo. Don Antonio supo esperar, ser paciente y con habilidad conquistó a uno de los mayorales del marqués y logró conocer perfectamente números y hasta nombres de las vacas del pie de simiente. La crema de la dehesa, la calidad y bravura de su sangre, lo mejor, pues.

Trabajo arduo y minucioso el de Llaguno González, fundador de la ganadería de San Mateo y el de su hijo, don José Antonio Llaguno García, quien abrió San Mateo y regó su sangre.

"Es interesante conocer todos estos datos", expresó Rafael Romero, uno de los enamorados de la fiesta. Escribir de la historia de la fiesta no resulta una tarea fácil; sin embargo...



Apellidos con prosapia

Se formaron en México cuatro casas ganaderas y de ahí surgió el auge y la calidad, en alta escala, que no debe negársele, al toro de las diversas regiones de nuestro suelo.

Apellidos de prosapia como los de: Barbabosa, González, Llaguno y Madrazo. Cuatro familias en las que se finca las raíces de nuestro ganado de lidia. Sí, las cuatro dehesas, bien llamadas madres.

La Casa Barbabosa, con la divisa de Atenco, data desde 1524, pero fue hasta 1877 cuando la adquirió don Rafael Barbabosa Alzate y posteriormente fundó San Diego de los Padres y Santín, en el estado de México, carca de Toluca.

La Casa González, en Tlaxcala, en esa región dominada por los "amos" del hierro de Piedras Negras, cuya antigüedad data del año de 1890. Y posteriormente, ya en el siglo XX, se fundó La Laguna.

Por el centro del país, en Zacatecas, surgió la casa Llaguno, con San Mateo. Su antigüedad es de 1914, y Torrecilla, al separarse los hermanos Llaguno don Antonio y don Julián, en el año de 1932.

Y, finalmente, la casa Madrazo, en Jalisco. En el municipio de Lagos de Moreno nace La Punta en 1927 y posteriormente se funda Matancillas.

Barbabosa, González, Llaguno y Madrazo adquirieron simiente del marqués de Saltillo. Inclusive en su inicios La Punta tuvo sementales de San Mateo. Al final la familia Madrazo tuvo preferencia por el encaste de Parladé, que sin duda es el más codiciado en España.

Don Antonio Llaguno González, un fenómeno de la genética, creció y creció al grado de que los ganaderos, hispanos y muchos de Sudamérica, lo siguen manifestado abiertamente, se hacen cruces de que con el bajo número de cabezas, no más de 20 vacas y cuatro toros-padres en dos partidas, se alcanzará esa insospechada alturas... Y Se preguntan con asombro... ¿Cómo lo hizo para alcanzar esos niveles?



Pequeño gran detalle

En San Mateo se logró engendrar la sangre que se multiplicó y fortaleció la crianza de reses bravas en el país. José Antonio heredó la dehesa. A su padre, un fenómeno en el estudio de la genética, le faltaba un pequeño detalle para alcanzar el nivel máximo en su ganadería. Ese nivel lo alcanzó el hijo.

Ese detalle, que de no saberlo manejar manda al barranco a cualquier hato, hunde a la mejor ganadería, José Antonio la llevó por nota y San Mateo alcanzó su máximo nivel.

Así, aunque ya no lo vio ni palpó, se cumplió el anhelo de don Antonio padre. Se culminó la obra que con talento, sensibilidad y una capacidad innata empezó que su hijo concluyó usando las mismas cualidades que él le enseñó. De casta le viene al galgo, dice el adagio.

Decidió, entonces, regar la sangre y formó lotes de vacas y sementales, fueron seis. Dos para San Miguel de Mimiahuapam, en ese entonces de don Luis Barroso Barona; dos a don Reyes Huerta; uno a don Javier Garfias y otro don Mario Moreno Cantinflas , que entre los sementales, adquirió al famoso "10". Posteriormente entró a este que se le podría llamar consorcio, don José Chafic y Marcelino Miaja.

Además, José Antonio siguió alimentando a su ganadería hermana Torrecilla, que se dividió en tres partes la divisa original y surgieron José Julián Llaguno, Valparaíso, San Antonio de Triana y Jesús Cabrera. Esta vacada, que formó don Antonio padre, al diestro Lorenzo Garza, años después la adquirió don Jesús Cabrera.

Asimismo se formó en esa línea en forma directa la divisa de "Los Martínez", de don Jorge Martínez Gómez del Campo y actualmente de sus herederos, encabezados por Jorge Martínez Lámbarri.

Hubo ventas de sementales a otros criadores entre otros a Alfredo Ochoa Ponce de León, de Campo Alegre, a Salvador Rojas Salgado, de San Judas Tadeo, a Joaquín Guerra II, de Tresguerras y alimentó con sementales a El Junco, que en ese entonces era propiedad del general Dámaso Cárdenas y ahora es de Fernando Ochoa Ponce de León.

Así afirmamos que las vacadas que son favoritas y están situadas en primera línea, todas sin excepción tienen directa e indirectamente la procedencia sanmateína.

La ganadería madre.






Marzo, 2004

Rafael Ororio: la hazaña perdurable


Guillermo Salas Alonso
/ Pedro Díaz G.


La mañana del domingo 30 de agosto de 1942 era tranquila para el joven novillero Rafael Osorno. No imaginaba que en esa tarde, en el ruedo de la plaza "El Toreo" de la Condesa, realizaría la hazaña perdurable: con el novillo Mañico de Matancillas, hizo la que se considera como mejor faena novilleril de todos los tiempos en los anales de la fiesta de la seda, sangre y sol en todo México.

Un año antes se había presentado en "El Toreo" 8 de junio de 1941. Lo recomendó para que le diesen la oportunidad, el pintor taurino Carlos Ruano Llopiz, tras verlo en la placita "Ford" de la Villa, de donde, por cierto, surgían elementos de valía como Luis Procuna, quien al correr el tiempo se hizo figura del toreo, así como el desafortunado chamaco Félix Guzmán, quien murió a consecuencias de una cornada en el coso de La Condesa, precisamente donde ahora se levanta un centro comercial.

En el novillo de su presentación, sin suerte, no mostró nada de lo que llevaba dentro y no se dejaron esperar las burlas para don Carlos Ruano Llopiz. ¿Cómo podría equivocarse un taurino de ese nivel con el chaval que empezaba?

Rafael, entonces, lo logró: en el siguiente ejemplar se dio un arrimón y el público aceptó aquella equivocación. El acertado era Ruano Llopiz quien, como artista, reunía la sensibilidad para ver a un torero.

Rafael esa temporada sumó 12 festejos, dando suelta a su expresión de hacer el toreo.



De viaje en Perú

Osorno llegó a la tarde del 30 de agosto de 1942, después de hacer campaña en plazas de Perú, junto con Luis Procuna, el famoso Berrendito que posteriormente ocupó un sitio de figura del toreo en México. Rafael, cuyo verdadero nombre era Melchor, no apuntó el "cante fino", como dicen en España, en tierras incas ante los moruchos que, por toros, se lidiaban en la plaza de Acho, de la ciudad de Lima, y otros cosos de diversas ciudades peruanas.

La temporada de ese año en México apuntaba muy bien con elementos que mostraban condiciones, cualidades y personalidad para considerarlos como importantes figuras de nuestra torería: Rafael Osorno, Luis Procuna, Luis Briones, Rutilo Morales y el infortunado Féliz Guzmán, un chavallillo de descendencia alemana, muy valiente y que murió a consecuencia de la infección que se presentó de una cornada que sufrió en la plaza grande de la época.

Precisamente, la tarde del 30 de agosto, Rafael Osorno hizo tercia, como segundo espada, con Rutilo Morales que llevaba la responsabilidad de ser el director de lidia y Luis Briones completaba la excelente combinación con un encierro de Matancillas de los señores José y Francisco Madrazo.



En el quinto lugar

Es conocido el adagio taurino de que no hay quinto malo. En ese lugar ocupó un bravo ejemplar de Matancillas, que llevó por nombre Mañico .

Ante esa bravura, estilo y calidad del ejemplar, Rafael Osorno se despojó de la materia. La perfección de la técnica en las suertes pasó a un segundo término. La expresión se impuso. El chaval hizo un trazo no con el corazón sino con el espíritu.

Decía el fenómeno Juan Belmonte: "Se torea como se es". Y sí, dejó volar la imaginación y la diosa inspiración le tocó con su mágica vara sobre el hombro derecho.

Extraemos unos párrafos de la reseña que escribió en EL UNIVERSAL, el maestro Rafael Solana, mejor conocido como Verduguillo : "Comenzó Osorno con una serie de estatuarios sin moverse ni un milímetro. Después, se puso la muleta en la mano izquierda y tirando del toro, cruzándose, provocando con la pierna contraria, metiendo la muleta en el hocico para hacer el pase más largo aún, ejecutó Osorno seis naturales estupendos, impredecibles que levantaron al público de sus asientos y sembraron el ruedo de sombreros, paraguas y gabardinas.

"Y a partir de esos ya no cesó la ovación, ni la música dejó de tocar. Con aquello bastaba para considerar la faena como la más grande entre las grandes que en el mundo han sido; pero el artista, en pleno triunfo, agregó una serie de derechazos suavísimos, enredándose al bravo Mañico en la cintura, y remató con un molinete, ligado con el forzado de pecho con la izquierda. El público bailaba en los tendidos; la música no cesaba de tocar, seguían cayendo las prendas".

Todo está dicho.

Agregaremos que mató de tres pinchazos y media estocada, dio cinco vueltas al ruedo, y le concedieron las orejas y el rabo pues tras cada pinchazo, el joven artista toreaba mejor.

El público, eufórico, lo sacó a hombros por las calles y lo paseó hasta la madrugada del día siguiente... ¡Auténtica obra del más puro arte!

Faena que acabó con Osorno

No tiene paralelo la dimensión de la faena a Mañico .

Tan grande fue que esa faena acabó, taurinamente dicho, con Rafael Osorno, con sus aspiraciones.

Hubo tardes en que cortó oreja; sin embargo, la gente siempre hacia la comparación: "Estuvo bien, pero no fue como lo de Mañico " . De ese hoyo ya no salió el torero que, desesperado, decidió dejar la espada y la muleta para tomar el capote de brega y hacerse banderillero, ¿una buena decisión?

Le costó mucho trabajo, pero poco a poco como peón de brega terminó labrándose un sitio de figura. Sí, un banderillero de capa fina y con los palitroques, muy acertado y rápido. Se colocó con figuras del toreo y con ellas recorrió en todos sus ámbitos la República Mexicana. Como una figura de los subalternos, no como una figura del toreo como se pronosticó tras el faenón de Mañico .



Cierta similitud

Similares, no por el nivel de sus faenas, sino por ese trazo que hicieron concebir esperanzas de que en ellos había dos futuras e importantes figuras del toreo, fueron las presentaciones de Américo Garza Romerita y Alfonso Ramírez Ibarra Calesero Chico , ¡vaya impresión que causaron! El domingo 10 de julio de 1955, en la Monumental Plaza México se conformó un cartel con Héctor Luquín, Américo Garza Romerita y Rubén Aviña, con un encierro del Hierro de Santa Martha.

Y el novillero del gran triunfo fue Jazminito . El joven regiomontano lució como un fenómeno. El trasteo reunió un nivel poco común en la lides novilleriles. Su conjunción dejó atónitos a los aficionados. Para el torero las orejas y el rabo del novillo, como, muy pocos tienen ese orgullo.

Se proclamó, como la futura figura de la torería mexicano. Tampoco Romerita , como Rafael Osorno, logró imponerse a esa faena de su máxima inspiración, en tarde de gratos recuerdos. Se fue desvaneciendo y no alcanzó el sitio que el público pronosticó.



¿Llegó el Mesías?



La tarde era triste, lágrimas de lluvia caían en la Monumental Plaza México el domingo 14 de junio del año de 1964. Una novillada gorda de San Antonio Triana para Sergio Cermeño, Jorge Carrasco y el debut de Alfonso Ramírez Ibarra Calesero Chico .

El tercer lugar apareció Monarca , al que Calesa Chico , le formó un lío y le cortó una oreja.

El trofeo en sí, no significaba mucho. Lo que valía era la estructuración de plantamiento de Alfonso en su labor. Y cuando saltó a la arena Chaparrito , el sexto, esa grata impresión creció al extremo, ¡qué solidez de prospecto! La profundidad del trazo, ese toreo izquierdista no sólo con quinta esencia, sino con una técnica envidiable y un derroche de calidad, lo que los taurinos conocen como arte puro.

Era ni más ni menos la aparición del Mesías en el escalafón taurino mexicano. El esperado "salvador" de la fiesta.

Así se consideró esa labor de un joven que, como su padre, el esteta aguascalentense Alfonso Ramírez Alonso Calesero , consecuentemente no hurtó ese perfume en su trazo, sino que lo heredó, lo llevaba en las venas.

Calesero Chico aún vive, torero lo es, sin duda, siempre lo será... Pero... ese pero que nunca falta, no se colocó la etiqueta de figura de época que se concibió seria, quedó sólo en el recuerdo de esa impresionante presentación en la Plaza México.

Historias que se repiten: la grandeza demostrada en esas históricas faenas, sus perdurables hazañas, casi los sepultaron.



Junio, 2004

Zorrito, tres veces bravo



Guillermo Salas Alonso
/ Pedro Díaz G.


Pararse frente la bestia con los pies impecablemente juntos. Citarla, la muleta desplegada con lentitud. Olé: Zorrito embiste el lance de Manolo Espinosa. Qué faena. Su futuro inmediato es la muerte, pero el burel la salva. Lo hará en otras dos ocasiones. Tres veces se unen en el ritual hombre y astado.

Las tres asombran por igual.

Parece insólito, porque un toro de lidia desarrolla sentidos en una sola corrida. La lógica indica, entonces, que torearlo una vez más es un riesgo innecesario; tiempo perdido. Pero sucede...

El sábado 5 de febrero de 1966, en la plaza El Progreso de Guadalajara se indulta a Zorrito , toro que corresponde en suerte al diestro Manolo Espinosa Armillita . Ahí, a dos pasos de los belfos, la espada tiene que ser guardada en honor a la bravura.

La amalgama de una casa ganadera de tal prosapia, y el arte del torero logran el beneficio del perdón.

San Mateo es una casa determinante en el florecimiento del toro de lidia en México, madre de las ganaderías. Y Manolo un elemento de una casa torera de los Armillita , de un prestigio fuera de dudas.

Combinación perfecta para esta historia que, con el correr de los años, se torna apasionante.

Tres veces se vieron las caras toro y torero: en El Progreso, al año siguiente en la plaza de tienta de la ganadería de Javier Garfias, y diez años después, ya toro viejo, en Guadalajara, donde murió a espada.

Las tres ocasiones por el mismo diestro: Manolo Espinosa.

Caso único e insólito.

Zorrito , marcado con el número 51, de pelo cárdeno claro, apretado y vuelto de cuerna, se presentó ante el público en tercer lugar de la lidia ordinaria de esa corrida de la Feria de Guadalajara, aquel 1966.

El cartel lo integraban Carlos Arruza, como rejoneador, y seis toros más para el español Santiago Martín El Viti , Jaime Rangel y Manolo Armillita .

La línea de procedencia de Zorrito era de lo puro de la divisa rosa y blanco, ganadería con sangre de lo mejor para la recría.

Manolo Espinosa lo bordó, le cuajó un faenón, si no el mejor, sí de los mejores de su carrera.

A Zorrito le esperaba la muerte.

Lo salvó su prosapia

Los toros aprenden

No es necesario ser un erudito taurino para saber que el toro que se torea, si no es muerto, no puede volverse a torear. Es un peligro. Reúne alto grado de riesgo, pues el toro ya lidiado aprende y su sentido lo hace tener una actitud ventajosa: sabe dónde se encuentra el diestro, lo percibe, lo busca. "Lo siente".

Todas las acciones realizadas desde su nacimiento son preparativos técnicos o ceremoniales para la muerte pública del héroe, que no es otro que el toro.

Muerte era su destino.

Pero después de ser indultado Zorrito fue a padrear a divisas ganaderías que se surtían de sementales de San Mateo: el hierro de Javier Garfias fue el primero, después San Martín, Los Martínez y, desde luego, siempre en casa, San Mateo.

Una tarde de incógnitas taurinas, del grupo surgió la pregunta: ¿cómo se comportaría el toro si se lidiase nuevamente?

La voz fue de don José Antonio Llaguno García y la escucharon el propio Javier Garfias, Pepe Chafic y Jorge Martínez Gómez del Campo.

El toro, o sea Zorrito , estaba con una punta de vacas en "Javier Garfias", allá en la Hacienda Santiago, de San Luis Potosí.

Un año después se volvió a torear en la plaza de tienta de Santiago.

¡Y Zorrito embistió con más fiereza! Se recuerda que la tarde en que se le concedió el indulto, Manolo lo toreó mucho más por el lado derecho. En el tentadero fue mejor por el pitón izquierdo. Este experimento fortuito ha dejado a muchos taurinos boquiabiertos.

Pero ahí estaban: hombre y bestia. Zorrito embistiendo y Manolo bordeándolo nuevamente.

El torero tampoco lo creía; sin embargo, lo había realizado. Estaba hecho. Muchos, inclusive, lo catalogaron como "un milagro".



Triunfo compartido

Pasaron los años.

Zorrito adquirió gran fama. Se convirtió en todo un rajá con odaliscas en cada hato ganadero. Todavía hay descendencia del toro que escribió esta historia.

Ya Zorrito había cumplido su ciclo de vida y de reproducción. Los años le pesaban y se volvió peligroso por su encornadura y su jerarquía de macho dominante, pese a que ya no montaba, lo mismo a vacas que novillos o toros, al pelear les metía el pitón en los hijares (zona genital), y los lisiaba, dejándolos cojos.

Don José Antonio volvió a plantearse la remota posibilidad. ¿Sería posible que ya con el tiempo, después de dos ocasiones, volviera a embestir?

Podría ser nuevamente en El Progreso y, para mejor, que Manolo Espinosa le diera muerte a espada. Con ese honor han pasado muchos congéneres de Zorrito a la inmortalidad.

La prueba, una tercera, resulta positiva, conmovedora. Provocado por el resplandor de la tela, el animal arremete. El hombre, que se desplaza lo menos posible, esquiva el ataque y los cuernos. Arte.

Lo logran de nuevo: el cárdeno vuelve a embestir y lo hace con claridad, con raza y emotividad. Manolo Espinosa le cuaja una tercera faena. Lo disfruta, lo goza y lo siente como la primera tarde, la del indultó, en donde ambos alcanzaron un triunfo resonante.



Mano derecha, a placer...



Armillita es el primero en considerar que Zorrito es una de las páginas de más proyección en su carrera taurina y, es razonable, la considera entre las mejores faenas que haya realizado. El toro le permitió sentir, disfrutar y hasta soñar el toreo.

"Fue un gran toro. La tarde que se indultó lo lidié a placer con la mano derecha, me tocó la inspiración con su varita mágica. Al año siguiente, en el tentadero de Javier Garfias iba temeroso de que Zorrito , que me dio tanto, hubiese adquirido resabios que ya no me permitieran torearlo."

Como dejando volar el pensamiento tras una pausa, nos explica: "En Guadalajara la faena reunió muchos pases por el pitón derecho, ya con Garfias fue mejor por el izquierdo... Volví a sentirlo, a gozar con su raza y estilo".

"Cuando me habló don José Antonio Llaguno García y me dio a conocer el plan de volverlo a torear para matarlo en Guadalajara, la plaza que el destino le dio la oportunidad de seguir viviendo, acepté, pero con las dudas de que si se dejaría torear por tercera ocasión. Me dejó mudo... ¡Volvió a embestir!".

"Es un caso que deja ver la raza de procedencia del encaste de Saltillo, a través de San Mateo... ¡Bendita sangre!".

Que dio un toro tres veces bravo.


Mayo, 2004


Tuesday, June 13, 2006

Morir como Manolete





Guillermo Salas Alonso / Pedro Díaz G.

Catastrófico resultó el año de 1947, en las memorias de la fiesta brava en el mundo. Dejó crespones de luto, con tragedias que tuvieron como escenarios las plazas de Linares, España, Vila Vicosa en Portugal y la Plaza México, en esta ciudad capital.

Calendario, casi a la mitad del siglo XX, que se considera cruento, terrible, de desdicha en todos aspectos. Hubo tres muertes por cornadas similares, con lesiones en las venas y arterias femorales, en la que se incluyó a un torero de época: Manuel Rodríguez Manolete .

En agosto, el día 28 de ese calendario, en la plaza de Linares, fue herido el diestro cordobés por "Islero" de la fatídica divisa de Miura.

Todavía la afición taurina no se reponía de tan infausto acontecimiento, cuando el 15 de septiembre, en la plaza portuguesa de Vila Vicosa, cayó herido el diestro mexicano José González Carnicerito, una herida similar que le produjo el toro "Sombreiro" de la ganadería de Falcas de Alcochete, de encaste de Miura. Al día siguiente entregó su alma al Creador.

En ese mismo septiembre, una semana y media después, el día 28, al mes justo de la tragedia de Linares, en la Plaza México, el novillo "Ovaciones" de Santín, prendió al prometedor prospecto José Laurentino López Joselillo , con otra herida similar, lesiones en las femorales. El 14 de octubre, cuando estaba por ser dado de alta el novel sufrió una embolia que le cortó la existencia. Se convirtió en otra víctima, en el tercer mártir de ese cataclismo taurino del 1947.

Mucho se ha escrito de Manolete y, asimismo, de Joselillo . No se ha usado tanta tinta ni papel en José González Carnicerito de México . Un diestro importante de una trayectoria interesante, de colorido, pues siendo un torero que no caminaba por la senda de lo artístico, en cambio sí era una auténtica "cuña" para cualquiera, de un gran valor y vergüenza profesional.



De la mera Tapatitlán

En los Altos de Jalisco, de la mera Tepatitlán, a la que se le ha cantado como como tierra soñada y donde la vida es un primor, en el altiplano de esa hermosa región occidental de nuestro país, ahí nació nuestro personaje el 19 de marzo de 1905.

Vivaracho desde pequeño, vivía muchas horas en el rastro de Tepa , con los carniceros, de ahí su mote, aunque se le conocía mejor como El Cachuchas . Un tipo simpático, afable, hablantín, que nunca parecía cansarse de narrar anécdotas y cuentos de los que unos llaman verdes y otros colorados, ambos subidos de color.

Desde pequeño adquirió el virus del toro. Como novillero debutó en la plaza de Zapotlanejo.

Es menester señalar que en su segunda actuación se negó a banderillear. Según las crónicas le temblaban las piernas. Ese día su maestro Juan Gómez Palmerito , dirigente de la "Cuadrilla Juvenil Jalisciense", de castigo lo mandó a pie hasta Guadalajara, 42 kilómetros. Hizo migas con un banderillero muy famoso, muy querido, Félix Romero El Guero Félix, quien posteriormente fue su peón de confianza. Y éste le echó la mano y caminaron hasta Guadalajara alternándose y cabalgando en los lomos de un burro. En mucho ayudó Romero para conocer la real trayectoria y peripecias en la profesión de Carnicerito de México .

Así es de extraña, de incongruente, de impredecible la fiesta brava. Carnicerito de México brilló siempre por su valor, de ser un extraordinario exponente del segundo tercio. Sus pares de cortas en las tablas, en terrenos inverosímiles, se afirmaba, ponía de "punta los pelos" a los espectadores. Sin embargó ese día, simplemente, no estaba de vena, o de humor.



Trayectoria en ascenso

José Loreto González debutó en Guadalajara, el 29 de septiembre de 1924 en la plaza "El Progreso", que regenteaba nada menos que otro personaje de abolengo, don Fausto Hernández, antecesor de un gran empresario en la Perla Tapatía, don Ignacio García Aceves. Y empezó José a eslabonar triunfos novilleriles. Inclusive en México, haciéndolo el 15 de mayo de 1925 en la plaza Merced Gómez que se ubicaba en Mixcoac, alternando con el estadounidense Sidney Franklin.

Posteriormente hizo su aparición en la plaza grande El Toreo de La Condesa, con mucho éxito. Alternó con Carmelo (Armando) Pérez, Esteban García Barrera, Jesús Solórzano, Alberto Balderas, José Negro Muñoz, hermano del singular personaje Jesús Ciego Muñoz. Con Balderas tuvo una gran amistad y a la vez, rivalidad enconada en el ruedo.

Un gran triunfo en la brillante temporada 1929, el 12 de mayo, en la que alternó con Carmelo Pérez y Chucho Solórzano. Cortó trofeos y se colocó como un favorito del público. No era muy fino, pero sí un torero temerario y, desde luego, un exponente notable del segundo tercio.

En 1930 marchó a España, como novillero. Causó una impresión bárbara, sobre todo en la Monumental de Barcelona, donde los toreros mexicanos gozaban de gran cartel. Su debut fue el 3 de agosto en Tetuán de la Victoria, en Madrid, dejando un ambiente de primer orden. Toreó un número importante de festejos menores, inclusive por allá aducían los críticos: "El torero que juega con la muerte".

Al año siguiente tomó la alternativa, era el doctorado que valía, pues en aquel entonces no se confirmaba esa ceremonia en México, sólo en Madrid. Se la confirió el 13 de septiembre de 1931 en Murcia, el as Domingo Ortega, como testigo Jaime Noaín, astados de Andrés Miura. Cuatro días después, el 17 de septiembre la confirmó en la capital hispana, con Manuel Mejías Bienvenida de padrino y como testigo Domingo Ortega, con el toro Estudiante del hato ganadero de Celso Cruz del Castillo. En esa campaña actuó en 31 novilladas y 17 corridas de toros, número de festejos que habla por sí sólo del impacto que causó.

Ya colocado en un sitio. Tanto en nuestro México como en suelo ibérico, siguió sumando fechas y toreando con lo más granado del escalafón de esa época. Recorrió el suelo nacional de norte a sur y de oriente a occidente. Triunfos, tardes sinsabores y cornadas. De éstas daba la impresión que jugaba con ellas.

En 1932 se encerró con seis toros de Pallarés en Barcelona y toreó con continuidad hasta la realización del boicot contra los toreros mexicanos.

En México en los años sin españoles, hizo paseos en las corridas de mayor jerarquía Oreja de Oro, las de Covadonga, en una de ellas actuó mano a mano con Lorenzo Garza y mató al famoso toro Centenario de San Mateo, un ejemplar de pelo jabonero.

En 1937 logró un triunfo inconmensurable en la plaza de Monterrey, donde cosechó una pata. Y el 29 de diciembre de 1939, inauguró la plaza que lleva su nombre en Tepatitlán, alternando con Alberto Balderas y Jesús Solórzano, con astados de Matancillas.

Por signos de allá arriba fue testigo de la tragedia, la muerte de Alberto Balderas, el 29 de diciembre de 1940... Fue un golpe tremendo para el tapatío. Más que rival, José y Alberto se veían como hermanos.



Igual a la de ‘Manolete’

Por gestiones del taurino español Antonio Algara, se firmó el convenio y fue de los primeros en irse para suelo ibérico donde tenía mucho cartel. Alternaba la profesión en México, España, Portugal y Sudamérica. También le causó honda impresión la muerte de Manuel Rodríguez Manolete , en la madrugada del 29 de agosto de 1947. Al conocer la noticia comentó: "Murió como los grandes, como lo que era, una real figura".

No pasó por su mente que unos días después, el 15 de septiembre, alternando con Alberto López, Etelvino Laureano y la rejoneadora Conchita Cintrón, un marrajo de Falcas de Alcochete, en la plaza de Vila Vicosa, pese a estar afeitados, pues en el país luso se permite, le infiriera una cornada con lesiones en las femorales.

Al conocer la importancia de la herida, su estado anímico decayó verticalmente. Al despertar de la intervención reconoció a Conchita Cintrón. Con la soberbia rejoneadora y torera existió una profunda, sincera y noble amistad.

El parte médico contundente: "Una herida incisa en el muslo derecho en la cara anterior de unos 25 centímetros de largo por cinco de profundidad, con dos perforaciones en la región femoral".

Sus primeras palabras: "Voy a morir. He sido corneado en la misma forma que Manolete ".

Conchita, sin despojarse el traje corto, permaneció todo el tiempo al lado de José en la habitación del hospital, le detenía la mano cuando expiró a las 8:30 horas del 16 de septiembre, de un colapso cardiaco. La amazona contó: "Llorábamos todos aunque, agotados, ni lágrimas teníamos".

Carnicerito de México , como muchas otras víctimas, pagó con su vida la pasión que sentía por el toro, por la fiesta, por el espectáculo. Este siempre perseguido, brillante, con luz propia, pasional como ninguno y el más bello de todos, donde se elabora arte jugando con la muerte.

Sus restos llegaron a México y el 12 de octubre, Día de la Raza, fueron depositados en el Panteón Moderno de esta ciudad. Ahí acompaña a su amigo y rival: Alberto Balderas... ¡Es la leyenda. Así se teje la historia!


Julilo, 2004


Cuando la leyenda es orgullo




Guillermo Salas Alonso / Pedro Díaz G.

Pepe Luis Vázquez, como novillero, recorrió la legua auténticamente, y después matador de toros, cuya principal virtud fue ser un formidable estoqueador, algo le robó la atención: la lidia. Y la hacía con determinación, gusto, recreándose en la suerte de matar y, sobre todo, haciendo gala de una depurada técnica que a todos dejaba satisfechos.

Las historias se hilvanan. Se atan cabos y se coincide: en verdad el mundo es pequeño.

O acaso, ¿serán las coincidencias?

Algo o mucho habrá de ello. Es cuestión de rascar un poco, profundizar y aparecen, tejidas, las historias que en ocasiones no tienen explicación.

Para todos los artistas figurar en algo extraordinario es un síntoma de orgullo, de satisfacción, de halago.

Es difícil la fiesta de toros y, por ello, cuando se destaca en cierta suerte, significa un bálsamo que reconforta el espíritu del artista. Pepe Luis Vázquez, en su carrera taurina, nunca dejó un toro vivo. Ni siquiera se recuerda a alguno al que haya pinchado en dos ocasiones...

¿Cuantas estocadas recibiendo ejecutó? Muchas. Lo mismo en la Plaza México, como en Tijuana, donde lo hizo cuatro veces, tres más en Ciudad Juárez.. Y en Monterrey, Guadalajara, Acapulco, Salvatierra. Gozaba con la suerte, se recreaba en ella y la realizó, no sólo en plazas de primer orden. Cuando lo sentía lo ejecutaba, sin más trámite que la inspiración del momento, sin importar el ruedo del que se tratase.

Sufrió 12 cornadas en toda su carrera. Herido mató a los astados causantes de sus percances, en ocho ocasiones. Poco pueden darse ese lujo.

Pepe Luis consideró, siempre, la importancia de la suerte suprema y señaló: "Las palabras de un matador de toros hablan por sí solas".



El primer rabo

Pepe Luis Vázquez es parte de la historia misma de la Plaza México, la que Daniel Medina de la Serna bautizó como "Una Monumental Cincuentona", y que pronto será sesentona, por ser el novillero que cortó el primer rabo, en la primera temporada menor, en 1946.

Se le adelantó al peruano Isidoro Morales, quien obtuvo, esa misma tarde del 16 de junio, el segundo trofeo de ese nivel.

Pepe Luis lo ganó matando al quinto de la tarde, del hierro de Atlanga, y en el sexto fue donde Morales obtuvo el rabo, aunque bajo fuertes protestas porque su actuación no tuvo el nivel del otro. Los toros saltaron al ruedo sin nombre, sin que se hubiese colocado el tradicional pizarrón con las características de los animales, en la puerta de toriles.

Precisamente, en ese quinto novillo de Atlanga, al realizarle un quite por gaoneras, el otro espada de la tercia, Daniel Romero, sufrió una cornada grave: el pitón le atravesó el muslo derecho.

Es menester señalar que a principios de 1946, el 24 de febrero, en la plaza del "Nuevo Circo" de Caracas, Venezuela, Pepe Luis Vázquez sufrió tremenda cornada que le lesionó la femoral y el nervio ciático. Se la infirió un toro criollo de la ganadería de Barrancas, dehesa de media casta.

Parecía un parteaguas para el torero mexicano. Inclusive perdió el movimiento de la pierna, no podía caminar. Aún así toreó y cosechó el rabo en la plaza México, la tarde del 16 de junio.

"Con los trofeos en la mano, nos expresa José Luis, no podía caminar para dar la vuelta al ruedo. Estaba embargado por la emoción. Uno de mis banderilleros argulló: "Matador, ¿que le cortaste un rabo a un toro en la plaza México?... ¡venga a dar la vuelta al ruedo!".

Hubo necesidad de darle cierto masaje para estimular la pierna y pudiese entonces caminar, o cuando menos asentar el pie en el suelo.

Con esfuerzos, como todo en el toro, recorrió el anillo de embudo de Insurgentes, portando el primer rabo cosechado por un novillero. Y claro, pasó a la historia.

La temporada novilleril 1946 la organizó empresario español Antonio Algara. En el festejo de 2 de junio se obtuvo la primera oreja concedida en el escenario de la Ciudad de los Deportes, y la conquistó Pablo Tapia. La segunda, esa misma tarde, con ganado de Lucas González Rubio, Ramón López, un torero con clase y sentimiento de tipo "asilveriado".

Los rabos de Vázquez y Morales concedidos en el festejo de quince días despúes.

Inclusive, el mismo Ramón López cosechó el tercer rabo en el embudo capitalino, la tarde de 4 de agosto, al cuajar a un novillo de Matancillas.

Y los tres siguientes, cuarto, quinto y sexto, fueron nada menos que para el infortunado José Rodríguez Joselillo , quien debutó el 25 de agosto y alternó con Manuel Jiménez Chicuelín , Pepe Luis, y el español Fidel Rosales Rosalito .

Mutiló al novillo del debut, del hierro de Chinampas. El 4 de septiembre cortó otro rabo a un novillo de Matancillas, y el 6 de septiembre la misma presea a un novillo de Garibay, sangre de Piedras Negras.

Este festejo fue a beneficio de otro infortunado torero mexicano, Eduardo Liceaga, a quien le quitó la existencia un novillo de Concha y Sierra, el 18 de agosto, en la plaza española de San Roque.

Precisamente Joselillo , ganó el trofeo en disputa.

Tanto Lalo Liceaga, Joselillo , como de Félix Guzmán lo señalamos en nuestro Martes de pasión anterior tienen su historial ampliamente conocido. Tres elementos a quienes el destino marcó un alto, justo cuando la vida más les sonreía. Murieron cuando más vivos estaban.

De distinto corte los tres. Siendo reiterativos, Guzmán un niño hombre que causo furor, Liceaga todo un técnico, un real ortodoxo, de gran talento y Joselillo de esos toreros heterodoxos, con valor espartano, que se quedaba firme y enraizado en el piso para ver pasar a sus enemigos. Tres de las muchas víctimas del pasional espectáculo del toro.



Cuando se vive la tragedia

Pepe Luis Vázquez nació en 29 de marzo de 1923, en la localidad de Matehuala, en San Luis Potosí. Sin antecedentes taurinos gustó de la fiesta y se integró a ella con el afán de alcanzar la gloria.

Aduce el torero: "Tuve la fortuna de que el maestro Fermín Espinosa Armillita siempre me apoyara, y en su experiencia encontré los aspectos positivos de la técnica, tan esencial e ineludible para caminar con paso firme y seguro ante el astado".

Caminó la legua de novillero, sufrió malpasadas, fríos y no pocos desaires.

No todo es color de rosa para quienes suspiran por ser figuras del toreo.

Debutó como novillero en 1941, el 21 de agosto, alternando con Jesús Belmonte y Gerardo Laurín, con ejemplares de Heriberto Rodríguez. Esa tarde fue su bautizo de sangre, pues, pese a estar herido, mató a su enemigo.

El diestro, con sinceridad abunda: "La fiesta es un espectáculo cruel, sangriento, que intimida. Pero a eso hay que imponerse, al mismo destino y a la propia muerte".

Dos años después, en la temporada 1943 en El Toreo, actuó con Arturo Fregoso y el niño torero Félix Guzmán. La fecha, el 30 de mayo.

Esa tarde el novillo "Reventón" de don Heriberto Rodríguez, le dio una cornada. El niño se quedó en el ruedo. Pepe Luis como primer espada le preguntó: "Estás herido, Félix, mató yo al novillo".

La respuesta de ese niñohombre fue: "No, lo mato yo". Y así fue.

Días después se presentó la septicemia gaseosa. El niño-torero dejó de existir ante la consternación y pesar generales.

Otro episodio lamentable, de dolor que vivió Pepe Luis Vázquez, sucedió el 28 de septiembre de 1947. En el cartel, Pepe, Joselillo , cuyo festejo era a su beneficio, y el torero de canela, Fernando López, con ejemplares mexiquenses de Santín.

Sí, otra fecha de triste recuerdo: el novillo "Ovaciones", lidiado en quinto lugar, infirió la cornada a Joselillo y le destrozó la arteria femoral.

Pepe Luis se encargó de matar al novillo-toro. Días después, el carismático novillero entregó su alma al creador. Año, 1947, de infortunio, de desdicha: murió en España el Monstruo Manuel Rodríguez Manolete ; en Portugal el mexicano José González Carnicerito y en México José Rodríguez Joselillo , los tres con lesiones en las femorales, venas y arterias. Por esas heridas escapó en torrentes la sangre valiente y, asimismo, la misma vida de tres desventurados artistas del ruedo.

Este septiembre fue para Vázquez muy positivo. El domingo 7 le cortó el rabo a "As negro" de La Laguna, y el domingo 21 ganó la presea "Estoque de Plata".



Matador y juez de plaza

A consejos y recomendaciones del maestro Armillita y como apoderado el taurino portugués Carlos Costa, José Luis adquirió experiencia en Portugal, donde toreó mucho. Se hizo matador en la Plaza México el 23 de noviembre de 1947, de manos de Manuel Gutiérrez "El Espartero" y como testigo Ricardo Balderas, con el toro "Piel Roja" de la ganadería de Lorenzo Garza. Fue la última corrida anunciada con el nombre del maestro de Monterrey. La vendió a don Jesús Cabrera y a partir de ahí se lidió con su nombre y actualmente se anuncia así esta divisa, rosa, blanco y verde, propiedad de José Antonio Velázquez Pérez.

Se considera que la mejor faena de Pepe Luis fue la que cuajó en Monterrey, al toro "Rondeño", de Campo Alegre, al que mató recibiendo, como lo hizo con otros 15 toros más.

La suerte suprema, el arte de matar bien, sobre todo, ejecutada con las normas, las estrictas en la verdad de la suerte, con gusto y técnica fueron el mejor atributo de este torero potosino.

A finales del siglo pasado estuvo en el biombo de la Plaza México. Fungió como juez de plaza. Sin las satisfacciones que disfrutó como torero, pero se mostró halagado, satisfecho por haber cumplido con su labor en el palco de la autoridad. Es verdad, con algunos desaciertos, "pero nunca expresa el torero de mala fe o en detrimento de la fiesta".

Su actuación, como autoridad del coso, la juzgará cada quién según sus espejuelos; lo nítido y palpable es que Pepe Luis está en la historia, con el orgullo de quien tomó en sus manos el primer rabo concedido en la Plaza México, como novillero.

Apenas hace un par de semanas, el club taurino Aficionados de Los Ángeles le rindió un homenaje a Pepe Luis Vázquez, por su trayectoria y por los muchos toros que estoqueó en la suerte de recibir, en la ciudad de Tijuana.

Es leyenda, es orgullo.

Y hoy, nadie se lo puede quitar.


Junio, 2004

Morir lejos del ruedo





Guillermo Salas Alonso / Pedro Díaz G.

No se despidieron en el rito de ese juego con la muerte. No sucumbieron ante la fiereza del toro en cada tarde que vistieron de luces.

Su destino se ligaba con la velocidad. A los imprevistos del automóvil.

Porque el torero es consciente del terreno que pisa, de la muerte que le espera. Sabe, casi con absoluta certeza, quién será su verdugo, y se entrega apasionadamente al sacrificio, juega con él y ofrenda su cuerpo frágil a la fuerza descomunal de su enemigo.

Esta historia la escribieron en los ruedos Carlos Arruza, el Ciclón Mexicano ; Manolo dos Santos, el Lobo Portugués y César Girón el Cóndor Venezolano .

Tres figuras, amigos inseparables, toreros de una importancia vital en el siglo XX. Ellos internacionalizaron la fiesta brava cuando dejó de ser esencialmente hispana.

Todos, designios de la crueldad, murieron en circunstancias similares. Cada uno en su país.

Sus hazañas en los ruedos del mundo están escritas con arte, pasión, entrega, grandeza y pleno reconocimiento como matadores de reses bravas.

Conquistadores de los alberos, como les llaman en España, de las plazas y públicos más exigentes: Madrid, Sevilla, México, Lisboa, Caracas, Bogotá, Perú, Nimes y Arles. Dueños del imperio taurino. Y de ésta, su trágica historia.



Una tercia muy afín

Pequeño que es el mundo, Carlos Arruza fue ahijado del maestro Fermín Espinosa Armillita , y, a la vez, testigo de la ceremonia de la alternativa de Manolo dos Santos, el 14 de diciembre de 1947, en la plaza de toros el Toreo de Cuatro Caminos. Y fue padrino de César Girón: le otorgó el doctorado en Barcelona, el 28 de septiembre de 1952.

Esa tarde el Ciclón Mexicano se convirtió en el primer torero que ganaba ¡100 mil pesetas! por corrida, hecho que levantó ámpula en aquellos tiempos, y no sólo en la ciudad condal. Esa misma tarde, Girón estrenó un terno de luces que le regaló su padrino.

Y no era su primer obsequio: Carlos Arruza llegó a torear junto con su pareja, Manuel Rodríguez Manolete , cuando Girón era un chiquillo vivaracho, maldoso, juguetón y trató de robarle el vestido de luces que esa tarde usaría el Ciclón , en una temporada de lujo que se ofreció en el Nuevo Circo de Caracas, abrió la ventana de la habitación del mexicano en el hotel, y con un palo intentó sacar la casaquilla. Lo descubrieron y el detalle lejos de molestar le cayó bien a Arruza, quien no objetó regalarle una camisa de torear. Nació ahí la entrañable amistad.

El mismo César se lanzó de espontáneo en un festival en Caracas, al ver a Eliseo Licho Muñoz, de la cuadrilla mexicana de niños toreros de Querétaro. Señala en su obra el colega y escritor taurino venezolano, Víctor José López Vito , que Girón comentó: "Si ese carricito le da pases a los becerros, ¿por qué yo no?".

Sus actuaciones con Manolo dos Santos, en los diversos ruedos del mundo, provocaron esa amistad entre los tres ases. Además, don Andrés Gago, un caballero sevillano, señorón como pocos, apoderó al mexicano y al portugués y tendió la mano, a petición del Ciclón , al venezolano. Se formó el eslabón.

Arruza en México, junto con Dos Santos, sentó el precedente de haber toreado en un sólo día tres corridas de toros. Por la tarde en Morelia, a las cuatro en la Plaza México y al anochecer en Acapulco. Tres manos a manos en los que mataron diez toros cada uno, el décimo de cada quien fue de regalo y, por vez primera dos toreros mataban el mismo día diez bureles.



Mexicano hasta las cachas

Arruza siempre se distinguió por ser mexicano puro. Le decían criollo, por ser hijo de padres españoles. Nunca ocultó sus raíces ni su actitud como mexicano. En España puso en moda lo de "manito", como aún se les dice a los mexicanos. Mandón del toreo en España, cuenta la historia que en cierta ocasión en una plaza hispana y con un cartel internacional, Carlos se negó a hacer el paseo hasta no ver ondear el Lábaro Patrio, dado que estaban en los mástiles los de sus alternantes. Y se consiguió la bandera mexicana. Una vez colocado se inició el festejo.

Dos Santos se distinguió por ser aferrado a sus raíces lusitanas. Girón hacía gala de ser venezolano, y no ocultaba su cuna humilde.



De conquistas en la México

Carlos Arruza triunfó en España clamorosamente. Pareja de Manuel Rodríguez Manolete , se ganó el mote de Ciclón Mexicano en Madrid, al reanudarse las relaciones taurinas tras el boicot al maestro Fermín Espinosa Armillita . Fue incluido en un cartel el 18 de junio de 1944, después de que el taurino español y empresario en México, Antonio Algara, arregló la reanudación de las relaciones taurinas y se firmó el primer convenio.

Esa tarde, Arruza confirmó la alternativa de manos de Antonio Bienvenida y de testigo Morenito de Talavera , con una corrida de Muriel. En el segundo toro, banderilleó colosalmente y ya se pedían los trofeos antes de que tomase la muleta.

Cuando regresó a la Monumental de Las Ventas, ya con el reconocimiento de figura, a su primero sólo lo toreó por el pitón derecho, el otro era intocable. Los temibles aficionados del tendido siete, llevando las orejas en la mano, le gritaron: "¡Muy bien, pero se te olvidó la mano izquierda!". El siguiente toro fue al contrario, el pitón derecho intocable y bueno el izquierdo. El trasteo, esencialmente con la mano de cobrar. Otras dos orejas. En la vuelta al ruedo y al pasar por el siete, les gritó: ¡"Servidos, señores"! Sin embargo, en México se le negaba todo. Hasta que llegó la fecha del 25 de febrero de 1951, la corrida de la concordia, una vez más reanudadas las relaciones tras otro rompimiento: esa tarde disipó toda duda. La exigente afición tuvo que rendirse. Alternó con el español Curro Caro y el mexicano Antonio Velázquez. Tarde perfecta y una faena inmortal a Holgazán , de Pastejé: orejas y rabo. Trofeos que poco significaban ante la entrega de un público rendido y asombrado.

Manolo dos Santos también alcanzó un gran triunfo en la México, la tarde del 29 de enero de 1950. Alternó con dos símbolos taurinos mexicanos: Luis Castro El Soldado y Silverio Pérez, astados de Pastejé. El lusitano esa tarde bordó a los ejemplares Goloso y Chato , cortándole el rabo a cada uno.

César Girón, en el gran escenario, se impuso a un grupo de detractores. La tarde del 26 de marzo de 1961 se conformó un cartel en el que alternó con Jesús Córdoba y Humberto Moro, con una corrida de Tequisquiapan. El de Maracay le cortó las orejas y el rabo a Rascarrabias y las dos orejas a Juan Gallardo .



Designios de la crueldad

Las luminarias mueren en iguales circunstancias. Fuertes personalidades. El mexicano y el venezolano eran polvorines; el portugués, sin ser tan irritable, siempre firme en su actitud dentro y fuera del ruedo.

La mañana del viernes 20 de mayo de 1966, Carlos Arruza junto con sus hijos y el chofer Jorge Rosales La Rana , partieron hacia su rancho Dolores, en el kilómetro 117 de la carretera México-Zitácuaro. Ahí entrenaba sus jacas toreras, pues retirado como torero se subió al caballo para convertirse en el mejor rejoneador mexicano de todos los tiempos. Después de comer retornó raudo a la capital. Venía con Jorge Rosales. A las seis y media de la tarde llovía fuerte, y de bajada, casi llegando a su destino, en el kilómetro 18 y medio de la carretera México-Toluca, en un curva, la camioneta del Ciclón patinó y fue a incrustarse con un autobús. Carlos dormitaba del lado derecho y recibió el golpe de lleno. No instantánea, pero sí minutos después, muy lejos de los ruedos, le llegó la muerte.

César Girón, el 19 de octubre de 1971, también por la mañana, salió de Maracay hacia Caracas, con el propósito de conseguir un crédito agrícola. Se reunió con sus hermanos, Curro , Rafael y Efraín, y con un grupo de amigos. Comieron en El Portón. Cuenta López Vito : "Aquello parecía una reunión de despedida".

A las nueve y media de la noche, César decidió retornar a Maracay, pues tenía un pendiente "de un reloj". Le pidieron lo hiciera al día siguiente, pero él se negó... ¡Su cita era con la parca! En el kilómetro 73 de la autopista regional del Centro, César, que iba manejando, al parecer se quedó dormido e impactó con un camión de carga. Muerte instantánea.

El fin de Manolo dos Santos fue semejante al de sus amigos. Era el empresario de la plaza de Campo Pequeño de Lisboa. Partió hacia una ganadería, el 17 de febrero de 1973. Entre sus acompañantes iba Manolo Escudero, su peón de confianza, quien también falleció, y el mayoral Francisco Riveiro. No alcanzó el retorno a la capital lusitana: cerca de la localidad de Vendas Novas se produjo el choque. Dos Santos fue rescatado y de inmediato trasladado a Lisboa. Las lesiones, mortales por necesidad. Dejó de existir la noche siete y media del 18 de febrero.

Insólitas coincidencias. Trágico infortunio fuera de sitio; ilógico.

No sucumbieron ante la fiereza del astado en cada tarde que vistieron de luces y tras una embestida, otra embestida (el torero encantado con el toro), en la plaza, el murmullo se volvió un olé masivo.


Abril, 2004


Lomelín, un valiente que sintió miedo



Guillermo Salas Alonso / Pedro Díaz G.


Xajay estaba en su destino. El 20 de marzo de 1975 enfrentó al toro Bermejo y en un par de banderillas el astado lo alcanzó en el abdomen. La escena fue terrible: el matador corriendo por la arena de la Plaza México sujetando su propio paquete intestinal.

Un día confesó, quien se distinguía por ser valiente, muy valiente aún tratándose de un torero, que dos veces tuvo miedo en su vida. Y no fue esa tarde en la México. "Dos ocasiones no sufrí de miedo, sino de pánico. Una fue en mi debut en la plaza de Barcelona. Mi apoderado, Manuel del Pozo Rayito , me dijo que me había tocado el toro chico y, ¡salió una mole de 620 kilos! "La otra, en la ganadería de Reyes Huerta, una vaquilla, que dejé refrescar un rato, me embistió, una ráfaja de aire me descubrió y la becerra me metió el fino pitón. Una cornada con profusa hemorragia. La Divina Providencia me sacó de ese percance".

Lomelín fue un diestro de los más castigados en su carrera y supo imponerse a la adversidad en muchos ocasiones. Ese valeroso corazón se negó a seguir trabajando.

Matador de toros que jugó, y le ganó la partida a la muerte dentro del ruedo, tuvo su cita más cercana hasta ayer, cuando sufrió una cornada gravísima en Tijuana, con lesión en el hígado y en la que el doctor José Rodríguez Oliva fue su ángel salvador.



La historia de Luna Roja

Ya decíamos que Xajay estaba en su destino. Aquel día en el que Bermejo lo hirió en la Plaza México, en los mismos potreros de la ganadería queretana, estaba en el vientre de su madre, el toro Luna Roja , justo el que lo colocó en primer lugar del escalafón taurino.

Ocurrió el 30 de marzo de 1980. Cinco años después del percance con Bermejo , saltó al ruedo ese bello castaño llamado Luna Roja . El toro bravo, noble, se encontró a un torero valiente, ya consolidado, pero con esa sensibilidad que suele tener el torero mexicano. Y Lomelí lo bordó haciendo la faena cumbre, aquella para la que había nacido.

Las orejas y el rabo, los máximos trofeos, palidecieron aquel día. Ese día, Lomelí apartó para siempre su lugar entre los grandes. La misma divisa, la de Javier Sordo Madaleno Brindas, estuvo a punto de cortarle la vida y después lo encumbró.

Una semana antes de inmortalizar a Luna Roja , el triunfo grande se escapó de las manos, cuando dudó si entrar a matar o no hacerlo para indultar a Bien Nacido , de Reyes Huerta.

Lo que son las cosas, probablemente su mejor cualidad torera era ser un estoqueador clásico, de enorme pureza y gran sentido del sitio para realizar la suerte suprema, pero ese día falló pinchando... ¡Se esfumó el triunfo! Tuvo otras grandes tardes. Indultó a Notario , de San Martín; fueron éxitos sus enfrentamientos con astados como Juguete , Bambino y Cervecero .

Lomelí se despidió de los ruedos el 18 de febrero de 1996, en la Plaza México. Un adiós brillante, triunfal, como pocos, cortando dos orejas.

¿Por qué vuelven los toreros? se pregunta Conchita Cintrón, en un libro. En el caso de Lomelín, habrá sido la nostalgia. Trató de retornar, lo hizo en la plaza Caletilla de su natal Acapulco. Toreó con Eloy Cavazos toros de De Santiago y cortó orejas... No hubo más suerte, ni contratos.



Acuérdate de Acapulco...



La historia de Lomelín se inicia el 26 de octubre de 1943 en Acapulco, ahí nació y es la fecha exacta. Debutó como novillero en 1965, en la plaza La Aurora, donde también surgió otro "as" de la torería mexicana: Manolo Martínez.

En los años de 1965, 66 y 67 sumó en la Plaza México 61 festejos. Tomó la alternativa el 20 de noviembre de 1967 en la plaza de Irapuato, de manos de Manuel Capetillo y como testigo Joselito Huerta. Le cedió el toro Rebocero , de Rancho Seco.

Confirmó el doctorado el 18 de febrero de 1968 en la Plaza México, de manos de Huerta y atestiguó Jesús Solórzano, con el toro Olímpico , de José Julián Llaguno.

Confirmó en la Monumental de Las Ventas de Madrid, el 28 de mayo de 1970, con un éxito rotundo, después de que Manolo Martínez no había obtenido el éxito deseado. Esa tarde cortó tres orejas a toros de Moreno de la Coba, al recibir los trastos de manos de Andrés Vázquez y de testigo José Manuel Inchausti Tinín .

¡Descanse en paz, Antonio Lomelín Migoni!



Abril, 2004

El Cordobés, la historia inigualable



Guillermo Salas Alonso
/ Pedro Díaz G.

El torero pisa el área de peligro. Se viste de luces. Toro y torero engranados en un ritual, luchan para ver quién hará caer al otro. Muleta en la mano, los pies bien pegados, con un gesto, el torero hace a un lado a su cuadrilla para quedarse solo frente al toro.

Su único afán, el triunfo.

Corría, en su primera etapa, la década de los 60; 1963 para ser exactos. Debutó en México el discutido diestro Manuel Benítez El Cordobés .

Nadie auguraba nada sobre su campaña en México, y pocos pensaron que llegara a imponer números tales en la fiesta taurina en suelo patrio.

Números difícilmente igualables. ¿Por qué?

La historia empezó en la campaña de 1961: debutó en México, en la plaza El Toreo de Cuatro Caminos, el sevillano Paco Camino. Y dejó constancia de su capacidad torera. Tanta que le decían El Niño Sabio de Camas . Su segunda campaña, 62-63, fue arrolladora, y su clase y arte quedaron plasmados en tardes inolvidables, como aquella de los berrendos de Santo Domingo, un toro "Catrín" que regaló en una corrida de la "Oreja de Oro" y un sinnúmero de éxitos de gran rango.

Su destino: convertirse en un gran ídolo.

En ese tiempo, el doctor Alfonso Gaona era el responsable de la fiesta en la Monumental Plaza México y tenía un elenco poderoso, con el torero de moda, Camino, Santiago Martín El Viti , Juan García Mondeño , Joselito Huerta y Jaime Rangel, entre otros. Pero sobre todo contaba con el ganado de las dehesas codiciadas. Su lugar al frente de la plaza, pues, lucía inamovible. Era el gerente de la empresa de la Plaza México. Y no había para las otras empresas, en el campo mexicano, no más de dos o tres encierros que tuviesen alguna garantía.

Así las cosas, en ese 1963 causaba sensación en España un torero "mechudo", diferente a todos, que rompía con las normas clásicas de la fiesta, sobre todo en aquello de que: "Para ser torero, hay que parecerlo". Su gran personalidad se imponía a cuanto obstáculo se presentaba. Pero el promotor de la México recibió una misiva de un amigo suyo, que le advertía: "Me siento en la obligación, como su amigo, de decirle que no lleve a El Cordobés , a la México. Lo van a matar".

Y él, ¡no lo contrató! Por esas circunstancias que rodean el medio taurino, tampoco signó al rejoneador Juan Cañedo, quien, casado con Dolores Olmedo, se animó lo que parecía una locura a montar una temporada en la plaza El Toreo. Nadie apostaba al éxito de esa empresa temeraria en el coso mexiquense.

Hubo un aumento de precios en las entradas y todo empezó con la actuación del torero de Palma del Río, en dos tardes seguidas: sábado 21 y domingo 22 de diciembre del señalado 1963. Para colmó, Manuel Benítez, quien no sabía estar mal sino siempre en los extremos. O en fenómeno, o simplemente fatal.

La primera tarde alternó con Alfredo Leal y Víctor Huerta, con toros de Tequisquiapan. Media entrada y estuvo desastroso. El fracaso fue sonoro, realmente para llorar.

Ese mismo día, cenando con su apoderado Manuel Martínez Flamerique Chopera , El Cordobés le expresó: "Tengo la sensación de que mañana cortó las orejas".

Y fue verdad. Al día siguiente, el 22, con menos entrada, alternó con Manuel Capetillo y con Jorge El Ranchero Aguilar; astados de Reyes Huerta. El andaluz se divirtió cortándole las orejas a sus enemigos: dos al tercero, otras dos al sexto. La situación dio un cambio de 180 grados.

Se inició el precedente de que el mes de enero toreó nada menos que 32 corridas (en una ocasión lo hizo dos veces en un día). Y en febrero, 23 corridas más, consecutivas.

Actuó todos los días, dándole la oportunidad a un número importante de toreros. Muchos de ellos olvidados. La temporada en El Toreo se fue al alza, los llenos no se hicieron esperar, menudearon los triunfos y se marcó, indudablemente, algo insólito en el medio taurino mexicano.

Se recuerda ese final impresionante, sin paralelo de sus últimas corridas en su primera incursión de Manuel Benítez en nuestro país.

En febrero, viernes 21, en Querétaro, le cortó un rabo a un auténtico buey. Al día siguiente en El Toreo inmortalizó a Conejo de Soltepec, alterando con Raúl García y Andrés Blando, en una faena que se recuerda con asombro, premiada con orejas y rabo.

Dos corridas seguidas en Guadalajara, 23 y 24. Mató cinco toros, cosechó diez orejas y un rabo. En la corrida del domingo, el primer toro infirió una cornada en la cara al venezolano César Girón. Se convirtió el festejo en un mano a mano con Alfredo Leal. Seis orejas obtuvo el diestro andaluz, de los tres toros de José Julián Llaguno.

Al día siguiente, lunes 24, con toros de San Mateo, alternó con Joselito Huerta, Antonio del Olivar y Paco Camino. Huerta le cortó orejas y rabo a un gran toro Veracruzano y El Cordobés , las dos orejas de su primero, que no fue bueno, e indultó al último, el ejemplar marcado con el número 6 y bautizado como Cuadrillero . Tres trofeos simbólicos, dos orejas y un rabo.

La locura era colectiva. No se hablaba de otra cosa que no fuese el discutido, apasionante y personal torero de Palma del Río. Inclusive la calle Corona, de Guadalajara, donde funcionaba el hotel Morales, fue cerrada y se colocaron mesas fuera del recinto. Cuando el torero, que ahí se hospedaba, salió para cenar, la ovación que se le otorgó y los gritos de ¡torero! ¡torero! fueron de auténtico clamor, de estruendo.

Sí, aquel torero, al que iban "a matar", abrió la puertas de todas las plazas, sentó el precedente de torear todos los días de enero y casi todos los de febrero, con llenos impresionantes, pese a que remó contra la corriente, con un veto que no fue disfrazado de un sector importante de la prensa.

Se impuso a todo y a todos el discutido "mechudo", que llegó vio, venció y convenció.

Él, quien se catalogó como un torero sin arte, erróneo cuando se acomodaba con un toro. Su trazo solía ser con más justeza, más rítmico y estético. Y es que se moldeaba escultóricamente con los bureles. Y sobre todo, lo que no muchos apuntaban: Manuel Benítez El Codorbés estaba más cerca y más tiempo en la cara del toro que ninguno.



La campaña 1963-64 culminó

La empresa, destinada al fracaso, en la cima.

Y en la Plaza México se dio la campaña normal, pero al final de ella fue destituido como gerente un personaje de la talla del doctor Alfonso Gaona.

Mucha culpa de ello, la tuvo el torero de Palma del Río, figura del toreo, quien labró su nombre en el Siglo XX. Aquél que suele decir: "No me he retirado ni me retiraré nunca del toreo. La fiesta de los toros es mi mundo, y no sé hacer otra cosa más que torear. Es la única forma que entiendo para ser feliz".


Abril, 2004