Morir lejos del ruedo

Guillermo Salas Alonso / Pedro Díaz G.
No se despidieron en el rito de ese juego con la muerte. No sucumbieron ante la fiereza del toro en cada tarde que vistieron de luces.
Su destino se ligaba con la velocidad. A los imprevistos del automóvil.
Porque el torero es consciente del terreno que pisa, de la muerte que le espera. Sabe, casi con absoluta certeza, quién será su verdugo, y se entrega apasionadamente al sacrificio, juega con él y ofrenda su cuerpo frágil a la fuerza descomunal de su enemigo.
Esta historia la escribieron en los ruedos Carlos Arruza, el Ciclón Mexicano ; Manolo dos Santos, el Lobo Portugués y César Girón el Cóndor Venezolano .
Tres figuras, amigos inseparables, toreros de una importancia vital en el siglo XX. Ellos internacionalizaron la fiesta brava cuando dejó de ser esencialmente hispana.
Todos, designios de la crueldad, murieron en circunstancias similares. Cada uno en su país.
Sus hazañas en los ruedos del mundo están escritas con arte, pasión, entrega, grandeza y pleno reconocimiento como matadores de reses bravas.
Conquistadores de los alberos, como les llaman en España, de las plazas y públicos más exigentes: Madrid, Sevilla, México, Lisboa, Caracas, Bogotá, Perú, Nimes y Arles. Dueños del imperio taurino. Y de ésta, su trágica historia.
Una tercia muy afín
Pequeño que es el mundo, Carlos Arruza fue ahijado del maestro Fermín Espinosa Armillita , y, a la vez, testigo de la ceremonia de la alternativa de Manolo dos Santos, el 14 de diciembre de 1947, en la plaza de toros el Toreo de Cuatro Caminos. Y fue padrino de César Girón: le otorgó el doctorado en Barcelona, el 28 de septiembre de 1952.
Esa tarde el Ciclón Mexicano se convirtió en el primer torero que ganaba ¡100 mil pesetas! por corrida, hecho que levantó ámpula en aquellos tiempos, y no sólo en la ciudad condal. Esa misma tarde, Girón estrenó un terno de luces que le regaló su padrino.
Y no era su primer obsequio: Carlos Arruza llegó a torear junto con su pareja, Manuel Rodríguez Manolete , cuando Girón era un chiquillo vivaracho, maldoso, juguetón y trató de robarle el vestido de luces que esa tarde usaría el Ciclón , en una temporada de lujo que se ofreció en el Nuevo Circo de Caracas, abrió la ventana de la habitación del mexicano en el hotel, y con un palo intentó sacar la casaquilla. Lo descubrieron y el detalle lejos de molestar le cayó bien a Arruza, quien no objetó regalarle una camisa de torear. Nació ahí la entrañable amistad.
El mismo César se lanzó de espontáneo en un festival en Caracas, al ver a Eliseo Licho Muñoz, de la cuadrilla mexicana de niños toreros de Querétaro. Señala en su obra el colega y escritor taurino venezolano, Víctor José López Vito , que Girón comentó: "Si ese carricito le da pases a los becerros, ¿por qué yo no?".
Sus actuaciones con Manolo dos Santos, en los diversos ruedos del mundo, provocaron esa amistad entre los tres ases. Además, don Andrés Gago, un caballero sevillano, señorón como pocos, apoderó al mexicano y al portugués y tendió la mano, a petición del Ciclón , al venezolano. Se formó el eslabón.
Arruza en México, junto con Dos Santos, sentó el precedente de haber toreado en un sólo día tres corridas de toros. Por la tarde en Morelia, a las cuatro en la Plaza México y al anochecer en Acapulco. Tres manos a manos en los que mataron diez toros cada uno, el décimo de cada quien fue de regalo y, por vez primera dos toreros mataban el mismo día diez bureles.
Mexicano hasta las cachas
Arruza siempre se distinguió por ser mexicano puro. Le decían criollo, por ser hijo de padres españoles. Nunca ocultó sus raíces ni su actitud como mexicano. En España puso en moda lo de "manito", como aún se les dice a los mexicanos. Mandón del toreo en España, cuenta la historia que en cierta ocasión en una plaza hispana y con un cartel internacional, Carlos se negó a hacer el paseo hasta no ver ondear el Lábaro Patrio, dado que estaban en los mástiles los de sus alternantes. Y se consiguió la bandera mexicana. Una vez colocado se inició el festejo.
Dos Santos se distinguió por ser aferrado a sus raíces lusitanas. Girón hacía gala de ser venezolano, y no ocultaba su cuna humilde.
De conquistas en la México
Carlos Arruza triunfó en España clamorosamente. Pareja de Manuel Rodríguez Manolete , se ganó el mote de Ciclón Mexicano en Madrid, al reanudarse las relaciones taurinas tras el boicot al maestro Fermín Espinosa Armillita . Fue incluido en un cartel el 18 de junio de 1944, después de que el taurino español y empresario en México, Antonio Algara, arregló la reanudación de las relaciones taurinas y se firmó el primer convenio.
Esa tarde, Arruza confirmó la alternativa de manos de Antonio Bienvenida y de testigo Morenito de Talavera , con una corrida de Muriel. En el segundo toro, banderilleó colosalmente y ya se pedían los trofeos antes de que tomase la muleta.
Cuando regresó a la Monumental de Las Ventas, ya con el reconocimiento de figura, a su primero sólo lo toreó por el pitón derecho, el otro era intocable. Los temibles aficionados del tendido siete, llevando las orejas en la mano, le gritaron: "¡Muy bien, pero se te olvidó la mano izquierda!". El siguiente toro fue al contrario, el pitón derecho intocable y bueno el izquierdo. El trasteo, esencialmente con la mano de cobrar. Otras dos orejas. En la vuelta al ruedo y al pasar por el siete, les gritó: ¡"Servidos, señores"! Sin embargo, en México se le negaba todo. Hasta que llegó la fecha del 25 de febrero de 1951, la corrida de la concordia, una vez más reanudadas las relaciones tras otro rompimiento: esa tarde disipó toda duda. La exigente afición tuvo que rendirse. Alternó con el español Curro Caro y el mexicano Antonio Velázquez. Tarde perfecta y una faena inmortal a Holgazán , de Pastejé: orejas y rabo. Trofeos que poco significaban ante la entrega de un público rendido y asombrado.
Manolo dos Santos también alcanzó un gran triunfo en la México, la tarde del 29 de enero de 1950. Alternó con dos símbolos taurinos mexicanos: Luis Castro El Soldado y Silverio Pérez, astados de Pastejé. El lusitano esa tarde bordó a los ejemplares Goloso y Chato , cortándole el rabo a cada uno.
César Girón, en el gran escenario, se impuso a un grupo de detractores. La tarde del 26 de marzo de 1961 se conformó un cartel en el que alternó con Jesús Córdoba y Humberto Moro, con una corrida de Tequisquiapan. El de Maracay le cortó las orejas y el rabo a Rascarrabias y las dos orejas a Juan Gallardo .
Designios de la crueldad
Las luminarias mueren en iguales circunstancias. Fuertes personalidades. El mexicano y el venezolano eran polvorines; el portugués, sin ser tan irritable, siempre firme en su actitud dentro y fuera del ruedo.
La mañana del viernes 20 de mayo de 1966, Carlos Arruza junto con sus hijos y el chofer Jorge Rosales La Rana , partieron hacia su rancho Dolores, en el kilómetro 117 de la carretera México-Zitácuaro. Ahí entrenaba sus jacas toreras, pues retirado como torero se subió al caballo para convertirse en el mejor rejoneador mexicano de todos los tiempos. Después de comer retornó raudo a la capital. Venía con Jorge Rosales. A las seis y media de la tarde llovía fuerte, y de bajada, casi llegando a su destino, en el kilómetro 18 y medio de la carretera México-Toluca, en un curva, la camioneta del Ciclón patinó y fue a incrustarse con un autobús. Carlos dormitaba del lado derecho y recibió el golpe de lleno. No instantánea, pero sí minutos después, muy lejos de los ruedos, le llegó la muerte.
César Girón, el 19 de octubre de 1971, también por la mañana, salió de Maracay hacia Caracas, con el propósito de conseguir un crédito agrícola. Se reunió con sus hermanos, Curro , Rafael y Efraín, y con un grupo de amigos. Comieron en El Portón. Cuenta López Vito : "Aquello parecía una reunión de despedida".
A las nueve y media de la noche, César decidió retornar a Maracay, pues tenía un pendiente "de un reloj". Le pidieron lo hiciera al día siguiente, pero él se negó... ¡Su cita era con la parca! En el kilómetro 73 de la autopista regional del Centro, César, que iba manejando, al parecer se quedó dormido e impactó con un camión de carga. Muerte instantánea.
El fin de Manolo dos Santos fue semejante al de sus amigos. Era el empresario de la plaza de Campo Pequeño de Lisboa. Partió hacia una ganadería, el 17 de febrero de 1973. Entre sus acompañantes iba Manolo Escudero, su peón de confianza, quien también falleció, y el mayoral Francisco Riveiro. No alcanzó el retorno a la capital lusitana: cerca de la localidad de Vendas Novas se produjo el choque. Dos Santos fue rescatado y de inmediato trasladado a Lisboa. Las lesiones, mortales por necesidad. Dejó de existir la noche siete y media del 18 de febrero.
Insólitas coincidencias. Trágico infortunio fuera de sitio; ilógico.
No sucumbieron ante la fiereza del astado en cada tarde que vistieron de luces y tras una embestida, otra embestida (el torero encantado con el toro), en la plaza, el murmullo se volvió un olé masivo.
Abril, 2004

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