Armillita: una tarde de compras

Guillermo Salas Alonso / Pedro Díaz G.
Mucho sabía del contacto con el público este matador de toros. Qué hacer, por dónde mirar a la bestia, su manera de embestir; poseía, ya, el arte de la fiesta. Todo lo que aprendió de niño viendo a los maestros.
Fermín Espinosa Saucedo Armillita Chico hizo su debut en la plaza El Toreo el 1 de agosto de 1924 cuando apenas rebasaba los 13 años cortó las orejas y el rabo a un becerro.
Su alternativa fue en México el 23 de octubre de 1927, de manos de Antonio Posada con José Ortiz como testigo. Dos orejas. Confirmaría en Madrid el 10 de mayo de 1928, con Chicuelo como padrino y Gitanillo de Triana de testigo.
Entre numerosos éxitos se consolidó en las Fiestas del Pilar de Zaragoza en 1931, y, sobre todo, hizo la que a la postre fue para algunos la faena de su vida, a un toro de Aleas en la Plaza de Madrid el 5 de junio de 1932.
La hazaña fue en la Plaza Monumental de Barcelona, el 25 de julio de 1934. Encaramado en la cumbre como lo estaba, había acabado con el cuadro. Esa tarde alternó con el pasmo de triana, Juan Belmonte, y con Marcial Lalanda, todos en su mejor momento.
El maestro Belmonte había estado muy bien y mejor aún Lalanda. Tarde inigualable. Toreó Marcial con el capote, enorme, a uno de sus astados. Armillita , en su turno, realizó un quite: echó las rodillas en tierra y le "largó" tres faroles a la res. Cuando remató la serie, Marcial, con vehemencia y admiración, exclamó: "¡Con éste no se puede!".
Pero nada había visto aún del talento del hombre nacido en Saltillo. A su segundo enemigo de la tarde, "Clavelito" y del hierro de Vicente Martínez, le cuajaría la faena inmortal.
Con qué sencillez se narra.
El trasteo que a ese quinto toro "Clavelito" realizó el maestro Fermín fue un alud de peticiones en graderío y la locura Monumental de una plaza de toros; triunfo inconmensurable. Derroche de poder, de entendimiento, de técnica... torear bien, hacerlo así, como una expresión más del arte. Conjunción de materia y espíritu.
Torero de envidiable técnica y dominio de todas suertes de muleta, además de excelente banderillero, Armillita Chico fue comparado con Joselito , principalmente con la mano izquierda, que esa tarde levantó elogios. Lo inmaculado, lo clásico, lo puro: el pase natural.
El diestro entre clamores recibió el premio a su obra, toda la esencia del torero derramada sobre el ruedo...
¿Cómo premiar ejecución como aquella que pasmó a las figuras españolas?
Lo exigió la afición, entregada. Se otorgaron los premios como nunca se había hecho, y quizá como tampoco vuelva a suceder: con las dos orejas, el rabo, las cuatro patas y ¡las criadillas!...
El boicot del miedo
Fue el mismo Lalanda, madrileño, quien observaba tanto en Fermín como en otros toreros mexicanos, ese peligro inminente que no deseaba para sus propias plazas.
Encabezaría entonces lo que el otro testigo de esa tarde con "Clavelito", Juan Belmonte, describiría como "El boicot del Miedo".
Armillita Chico arrolló en 1935 y para 1936, antes de empezar la temporada, había firmado ya 80 corridas. No tuvieron más opción que cerrarle las puertas.
El 23 de abril se negaron a torear con él en Madrid, Manolo Bienvenida, Luis Gómez El Estudiante y Victoriano de la Serna. Simplemente no hicieron el paseo.
La plaza sucumbía de asombro.
Fermín se quedó solo y la corrida, sin remedio, tuvo que suspenderse.
El mismo episodio se repitió la tarde del 15 de mayo, en Las Ventas. Entonces fueron sus enemigos abiertamente declarados Lalanda, Fuentes Bejarano y Manuel Navarro.
Esa actitud en los diestros españoles fue criticada y condenada.
Pero habrá más escenas de satisfacción en la historia del mexicano. Días después, en Madrid, con el maestro Fermín de espectador, el público le tributó una ovación tal que dejó a cada quien en su lugar.
El boicot tuvo efecto, se ejecutó.
Pero lo de "Clavelito" ahí está, perenne.
Un retazo de gloria
Un retazo, ilustra el diccionario, es el trozo de una tela, el fragmento de un escrito o discurso. Y en México, un pedazo de carne de res, o de cerdo. Y retazo de toro suele llamársele, en la tauromaquia, a los trofeos que obtienen los diestros tras sus hazañas en los ruedos. Al nivel de brillo, a la perfección de técnica y al sentido artístico.
Por retazos de toro es que los toreros se entregan en sus tardes de ensueño y sensibilidad ante público y astado.
Es regla común que si la faena es buena se otorgue una oreja, si es más que buena, el premio de traduce a dos orejas, y si el trasteo es fuera de lo común, se concederán las dos orejas y el rabo. En todo el universo taurino se han concedido patas de las reses cuando el torero brinda una inspiración sin límite y logra llegar a los bordes de la demencia en el graderío. Es un trofeo, sin embargo, en un número reducido.
En México, en la plaza de toros "El Toreo" de la Condesa (1907-1946), se concedió una pata, la del toro "Pardito" de San Mateo, que terminó en las manos del maestro Fermín Espinosa Saucedo Armillita Chico .
De esas grandes tardes, de triunfos clamorosos, de episodios indelebles en la fiesta en nuestro país está la tarde del 20 de diciembre de 1936, cuando, en mano a mano con Lorenzo Garza, el rival más enconado del maestro Armillita , éste se divirtió cosechando seis orejas, dos rabos y la única pata concedida en México. Triunfo de altura, como ninguno.
Dos orejas al primer toro "Cantarito"; dos más orejas y rabo a "Garboso" y las dos orejas, rabo y pata a "Pardito", de San Mateo.
Se dijo que la autoridad no concedió tal trofeo, pero el público consideró que aquella faena de Fermín redondeaba la tarde en que dictó una lección intensiva del arte de la lidia, y reconoció como concedido el galardón.
En la Plaza México nunca se ha considerado ninguna faena, que las hay muy grandes, como para salirse de la tradición o de lo que marca el parámetro del Reglamento Taurino, para alcanzar ese valioso e inusual trofeo.
Las hazañas en España
Incrédulos los aficionados mexicanos tras el retiro el 12 de abril de 1925 del maestro Rodolfo Gaona, a quién bautizaron como "Califa", de que alguien pudiese salir a tapar ese hueco, se condenó a la fiesta a su "muerte por necesidad".
Cuando el esteta leonés dijo adiós de los ruedos, un adiós definitivo, por ahí rondaba un chiquillo precoz, que poseía el difícil entendimiento de los astados.
Ese pequeño al que algunos detractores decían El Tejoncito viajó a la península y escaló peldaños entonces casi imposibles de salvar. La capacidad del maestro Fermín Espinosa era tanta, que poco a poco fue convenciendo al medio español.
Armillita , por ejemplo, el 17 de junio de 1931 fue parte del cartel de ocho toreros para la corrida inaugural de la plaza Monumental de Las Ventas de Madrid. Alternó con Diego Mazquiarán Fortuna , Marcial Lalanda, Nicanor Villalta, Fausto Barajas, Luis Fuentes Bejarano, Vicente Barrera y Manuel Mejías Bienvenida con astados de diversos hierros.
No muchos olvidan la sesión del 25 de julio de 1932, cuando cuajó al toro "Centello" de Aleas, en su quizás mejor toro en la vida. La clase de faena que trazó fue de tal magnitud, que inclusive después de siete pinchazos le fue concedida una oreja. También en Madrid.
En 1934, año que encumbró al maestro Fermín, escribió brillantes páginas. En Valencia inmortalizó al toro "Cortejano" de Miura, como lo hizo a otros ejemplares como "Conejito" y "Calderillo", del hierro de los Hermanos Ayala, a los que cortó el rabo la tarde del 11 de agosto. El primero, "Granadino", le infirió tremenda cornada en la localidad de Manzanares, Ciudad Real, al culto diestro Ignacio Sánchez Mejías, herida que le causó la muerte. A ese ejemplar lo mató el maestro Fermín.
Lo mismo en la feria de Bilbao, a donde iba por una corrida y toreó siete, distinguiéndose el trasteo a "Arrempuja", del hierro de Domecq, con tanto empuje y bravura, que el mismo Domingo González Dominguín , sin empacho señaló: "A este toro, sólo Fermín podría haberlo toreado así".
Recordemos el comentario de un periodista que escribió: "Si en lo taurino cabe lo sublime, a lo sublime llegó Armillita .
Sufrió muy pocas cornadas; la más importante, en la Plaza de San Luis Potosí el 20 de noviembre de 1944. Murió en el sanatorio Santa Fe, de la capital mexicana, el 6 de septiembre de 1978, a causa de una peritonitis aguda.
Una tarde de 1934 fue de compras a la Monumental de Barcelona. Y regresó, además, lleno de elogios.

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