Saturday, July 22, 2006

Artista de las banderillas




David Liceaga fue un torero con garra, con caracter. Triunfó en México y en España. Hizo tradición...

Guillermo Salas Alonso/ Pedro Díaz G.

Carácter, actitud y celo.
No dejarse ganar la pelea. Y triunfar.
Es es el secreto. Y así lo utilizó David Liceaga. Un torero que no alzaba mucho del suelo, pero con un corazón templado, decidido, y con una garra que se manifestaba con toda nitidez dentro y fuera de los escenarios taurinos.
Un matador seco, muy serio, muy verdad, profesional a carta cabal, que hacía las cosas muy bien, con una técnica pura y siempre bajo las normas estrictas de la fiesta brava, tan exigente como precisa.
Fue uno de los grandes rehileteros nacidos en suelo azteca: todo un señor con las banderillas y un estoqueador que, sino no reunía el clasicismo del que hacia gala con los palos, sí se manifestaba como todo un prototipo de un torero eficaz, seguro y hábil, cualidades dignas de reconocimiento.
David Liceaga: en el tratado de Cossío. someramente se le señala: “Como torero es la elegancia y en fino estilo de banderillero”, elogio tan corto como su físico, pero, a la vez, tan grande como su valor ante los astados. Por ello era un torero incomodo, pues además reunía variedad en su repertorio. Sí, era de esos diestros a quienes se les clasifica como “largos”.

Empezó de niño
Fue torero por vocación. Nació el 22 de julio de 1913, en la ciudad de México. Y precisamente a los 13 años (su número de suerte), empezó a torear como banderillero en la plaza de Mixcoac, en un festejo en el que actuó una pareja que hizo fama en México: Alberto Balderas y José “Negro” Muñoz, este último hermano de otro singular personaje: Jesús “Ciego” Muñoz, quien de tan conocido no necesitaba presentación.
En sus andanzas de capote largo, o capote cañón, aducen otros, a los subalternos de a pie aprendió mucho, adquirió sitio y oficio; se bebió la técnica del toreo.
Como novillero debutó en 1929 en la plaza de León, nada menos que toreando con los hermanos Fermín y Juan Espinosa de la dinastía de los “Armillita”. Ante los maestros, aquel joven brilló, dejó ver sus atributos bien fincados. Tanto que en 1930, sumó 56 festejos, 11 de ellos en la plaza grande, el coso de “El Toreo” de la Condesa, el inmueble de la responsabilidad. El escaparante para alcanzar la meta y hacer realidad los más exigentes propósitos taurinos.
Por méritos propios y una agenda de éxitos avalados por la cátedra capitalina, llegó al doctorado. Ese paso a la alternativa, donde se pasa del novillo al toro. Un cambio radical, difícil, determinante y minado de obstáculos.
Fue el 11 de enero de 1931. El escenario: El Toreo, el padrino: el esteta sevillano Manuel Jiménez “Chicuelo”, y como testigo el fenómeno Carmelo Pérez, mermado de facultades tras la gravísima cornada de “Michín” del hierro de San Diego de los Padres. Se lidiaron ejemplares de Zacatepec, siendo el toro “Palillero” el que abrió el festejo y con él le cedió los trastos “Chicuelo” a David Liceaga, quien lució como un torero conocedor, con recursos técnicos y el sereno valor que le llevaría tan lejos.

En España divulgó su torerismo

A este doctorado renunció el maestro Liceaga. Lo hicieron muchos toreros, pues llegaban a la península y lo hacían como novilleros; se ganaban la alternativa con los honores que guardaba el caso.
Ese 1931 fue magnífico para David. Debutó en Sevilla el 3 de mayo, en en la Real Maestranza, con novillos de Santa Coloma y alternando con “Chiquito de la Audiencia” y “Maravilla”. Se vio cuajado, con oficio. Repitió el 10, a los siete días, con una novillada de Miura. Esa tarde salió de la plaza a hombros. Los exigentes sevillanos se le rindieron.
E hizo su debut en Madrid. Y también abandonó la plaza a volandas de los aficionados. Entonces, ya no había que esperar; David no tenía nada qué hacer como novillero, mucho menos alternar con los aspirantes. Vamos, le perjudicaba la situación, en lugar de hacerle un bien.
Tan seguro lucía, caminaba, entendía a los toros y se sublimaba con las banderillas, que les daba las ventajas a los toros y corría más fuerte para atrás que para adelante. Era todo un espectáculo del segundo tercio.
Por ello, en unos cuantos domingos se le concede nuevamente el doctorado, el 21 de junio de ese 1931 en Barcelona, de mano de Manolo Bienvenida, quien le cedió los trastos ante el toro “Chuponero” del hierro de Guadalest.
Ya como matador hizo una temporada por demás exitosa y ese mismo año confirmó el doctorado en Madrid, el 25 de septiembre, de manos de Nicanor Villalta.
Consolidó su cartel meteóricamente. En 1932 retornó al suelo patrio. Sumó 11 corridas en lo que dura nuestra temporada grande, que se realiza en invierno. La mira de David estaba en España pero la adversidad le jugaría una mala pasada. En abril, el día 17, reapareció en Madrid, con gran expectación y alternando con suscompatriotas Fermín Espinosa “Armillita” y Heriberto García, ¡que tiempos aquellos, caballeros! Pero... El sexto toro del hierro de don Alipio Pérez Tabernero, de los ganaderos españoles de alto rango, le infirió una cornada en el muslo derecho. El pronóstico médico: muy grave, un percance inoportuno que hace daño a todo torero. Sumó menos festejos pero sobre todo no tuvo continuidad.
Por ello renunció a realizar campaña en España los años 1933 y 1934, y prefirió recorrer América del Sur: Colombia, Venezuela, Perú, principalmente.
El boicot contra la torería mexicana le cerró definitivamente las puertas del suelo ibérico. Entonces, vivió en nuestro terruño el maestro una etapa dura, difícil, complicada. No dejaba de signar fechas, muy cierto, pero eran esporádicas. Su honradez profesional, torero que siempre salió a darlo todo, brillante en el segundo tercio, lo hizo conservarse en un sitio importante siendo, reiteramos, muy incomodo para sus compañeros de cartel.

Sus proezas

En Barcelona mató quizá el toro más grande que se haya lidiado en esa plaza. En El Toreo de la Condesa se recuerda la tarde de ese segundo tercio inmortal, cuando el maestro Fermín Espinosa “Armillita” lo invitó junto con Carlos Arruza a banderillear a un toro de Zacatepec. Una tercia de exponentes de lo mejor que ha habido en el mundo. Arruza colocó en primer terminó un cuarteo sensacional y David un par en el que cambiaba los terrenos sobre la marcha, imponente, cerrando el maestro Fermín con un par al cambio en los medios, simplemente notable. Segundo tercio que calificó la afición como inconmensurable.
El maestro Liceaga cuajó a muchos toros. Destacan dos en El Toreo: el primero, el 13 de diciembre de 1942 alternando con Lorenzo Garza y Silverio Pérez. Tarde triunfal en la que David inmortalizó al toro “Zamorano” de San Mateo. Claro, le cortó las dos orejas y el rabo con vueltas triunfales de los tres espadas y del ganadero don Antonio Llaguno González.
Escribió otra obra de arte el 18 de febrero de 1945, cuando hizo tercia con el español Antonio Bienvenida, tras la reanudación del convenio taurino, y Silverio Pérez, con una corrida de Torrecilla.
Al cuarto toro, “Flautista”, de la divisa verde y blanca del hierro de don Julián Llaguno González, le elaboró un trasteo de altos vuelos.
Faena en que el maestro, haciendo alarde de poder, conocimientos y torerismo, cuajó la faena toreando sólo con la mano izquierda. Un modelo de trasteo, pues la mano diestra únicamente la usó para realizar la suerte suprema con la clase que mandan los cánones. Labor que mereció el galardón, claro está, de las orejas y el rabo, en tarde de triunfo vehemente.
Por cierto, esa fecha fue más significativa: se convulsionó el país. En Puebla, tras un evento político, al terminar de comer se sintió mal y murió el general Maximino Avila Camacho, quien ese entonces manejaba la fiesta brava en México. Maximino era hermano del general Manuel Avila Camacho, Presidente de México.
La faena al toro de Torrecilla se consideró toda una joya, por su elaboración y plantamiento.
Vino, por desgracia, otro duro golpe para David: el fallecimiento, en España, de su hermano Eduardo, a consecuencia de la cornada que le infirió un novillo de Concha y Sierra, “Jaranero”, en la plaza de San Roque, cerca de Algeciras, el 18 de agosto de 1945.

Maestro de toreros

David Liceaga también pisó la Monumental Plaza México, el 2 de febrero de 1947, en su adiós a los ruedos, en un cartel de máximo atractivo: fue el primer espada de la tercia que conformó con Silverio Pérez y Manuel Rodríguez “Manolete”, con un lote del hierro de Coaxamalucan.
Retornó y se “calzó”, nuevamente, el terno de luces. Su adiós definitivo fue el 22 de abril de 1956, alternando con Luis Briones y Miguel Angel García, ejemplares de Xajay. Una corrida que no tuvo la brillantez deseada por los toreros pues no todo suele ser color de rosa.
El maestro Liceaga siguió dentro de la fiesta. Cuando El Toreo caminó con fuerza, en la época del ingeniero Armando Bernal y el licenciado Lázaro Martínez, nuestro personaje fundó y consolidó una escuela taurina donde, entre otros, entrenó a Germinal Ureña, Emilio Sosa, Chucho Morales, Mariano Rodríguez, Francisco Calderón “Parrita”, su sobrino Mauro Liceaga y también se unió ese singular personaje que fue Roberto Mendoza “El Sandwich”.
Una anécdota causó furor en el medio taurino: cierto día, charlando David con los muchachos, les expuso: “Miren en mi juego de espadas, tengo una que es sensacional, puedo atravesar una moneda de 20 centavos sin que pierda el filo”. Era una moneda de cobre.
“El Sandwich”, quien era muy "cachondo" como suelen aducir los toreros, se pasó de rosca, hasta de falta de respeto y de inmediato dio una respuesta, “¡sería un veinte, pero de tunas, maestro David!”.
Desapareció la escuela con el tiempo y salió a la palestra David Liceaga Jr., su hijo, al quien dedicó toda su atención hasta hacerlo matador de toros. Tuvo la satisfacción de verlo tomar la alternativa el 14 de marzo de 1982, en la Plaza México, de manos de Marcos Ortega y como testigo el infortunado diestro francés “Nimeño II”, con ganado de Rancho Seco.
En la ciudad de León, Guanajuato, concluyó su existencia. El 2 de noviembre de 1996, el Día de los Santos Difuntos, entregó su alma al creador a consecuencia de una deficiencia pulmonar, a los 83 años.
Sin duda adornó con un hermoso par de banderillas, con la brillantez con que lo hacía, a la parca, al mismo tiempo en que se lo llevaba. !Y olé...!